Mostrando entradas con la etiqueta Arístides Vega. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Arístides Vega. Mostrar todas las entradas

sábado, 7 de enero de 2012

UN LIBRO, UN AMIGO Y DOS PREGUNTAS DE F. L. VIERA

.
.
Arístides Vega es un gran amigo, parte de mí, un hermano. Por eso me siento libre de discrepar. Me envió el manuscrito de NO HAY QUE LLORAR (Ediciones La Memoria del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau. La Habana, 2011) hace mucho tiempo y nunca le comenté nada sobre el libro. Tal vez fue el dolor que me causó leerlo, o la sospecha de que este proyecto suyo podría ser muy útil al régimen de Cuba cuando fuese preciso cerrar ese capítulo negro de nuestra historia. En ese momento no tenía título. El título me ha causado más dolor que el texto. Creo que es un libro valioso por razones muy diferentes.
Deberíamos tenerlo a mano siempre. Cuando nos olvidemos de las miserias que vivimos, cuando se nos olviden las lágrimas amargas que nos anegaron el pecho reducidos a la condición de bestias por el hambre, cuando sucumbamos a la tentación de recordar selectivamente, podríamos releerlo. Podríamos recordar la bondad del llanto. Podríamos obviar ese título (que quiero interpretar como irónico, aunque probablemente no lo sea), y llorar un poco, que nunca hace mal.
Sería como ofrendar unas cuantas lagrimas, agradecidos de no haber sido tocados por la supuesta “iluminación radiante” que emergió de la miseria de esta época. Pero, sobre todo, por no haber sido contaminados por la retórica deshumanizada que reduce a un intelectual al estado precario de decir (y peor aún, escribir) que del “tortuoso camino de esos años, de esos días terribles, henchidos de hambres y apagones, puede surgir, entonces, LA LUMINOSA LLAMA DE UN AMANECER en que hemos sido mejores y sinceros”.
Es como decir que el holocausto fue en parte bueno porque se escribió el Diario de Ana Frank o se filmó Sophie's Choice. Qué importancia tiene que un turista perverso te humille si tu país, tu gobierno, tu “Gobernante” (vieron, no dije dictador) te ha reducido a la condición de un buhonero, una rata. Pero nuestro Virgilio (López Lemus) escribía y nadie podía iluminarnos el camino, de círculo en círculo, a través del infierno que vivimos. No es casual que sea Odette Alonso, uno de los pocos autores incluidos en el libro que hoy vive en el extranjero, la única que menciona la palabra “dignidad”. De eso se trataba. Matar nuestra dignidad por hambre, reducir a cero toda capacidad de cuestionamiento, toda voluntad de asociación, toda posibilidad de un copycat de la debacle en Rusia y Europa Central.
De modo que responder a las pregunta de Viera es fácil. A quien le importa como lo pasaba la jerarquía nazi cuando ve las fotos de los campos de concentración de Theresienstadt o de Auschwitz-Birkenau. La segunda puede responderla este libro: un testimonio, un grupo de gente que habla de algo que pasó. Algo que además, si leemos el mensaje implícito en el titulo, “no hay que llorar”, porque (pueden tararearlo conmigo) “la vida (hoy, en Cuba) es un carnaval”. No, el “periodo especial” no es un intervalo de tiempo en que ocurrieron cosas que podemos testimoniar y borrón y cuenta nueva (léase hambre nueva). Es como los fusilamientos, las UMAP, “el pensamiento”, etc., una emfermedad que hizo metástasis y que morirá con nosotros.
El pueblo judío no pierde oportunidad alguna de mostrar a sus hijos y al mundo las imágenes del horror. Los cubanos servimos en una bandeja el olvido, lo comemos y se lo ponemos en la mesa a nuestros hijos. “Fue terrible pero me hizo crecer, me hizo ser mejor”, dicen. ¿Socialismo con Swing? ¿Hambre sublime? ¿Precariedad Gozosa? ¿Mis hijos deben pasar hambre para que sean mejores? ¿Deben ser condenados a peores miserias para que sean mejores que nosotros?
Racionalizar la miseria no puede conjurarla. Nos condenará a vivir en ella eternamente. Si ese es el saldo de estos testimonios, en que la mayoría se apresuran a cerrar su inventario de horrores con una línea en que concluyen cuan beneficioso fue para su crecimiento personal, hay demasiadas razones para estar llorando un tiempo largo, horas interminables.
.

domingo, 31 de enero de 2010

DIEZ Y SIETE / XVII / 17

.

.Arístides Vega es un poeta emblemático de la década de los ochenta. Posee una extensa y valiosa obra que sustenta su vocación y su identificación con un proceso complejo en que la cultura nacional decidió sacudirse el corset de la política cultural setentera. Tuvo una participación protagónica en muchos de los procesos más importantes en la década y desde entonces es una referencia obligada por su demostrada independencia, su ininterrumpido trabajo como promotor cultural y su singular visión poética.
.
.
NECESITO HALLAR UN AMPLIO BOSQUE
.
Hay demasiada humedad para encontrar un apacible bosque
...................../a las afueras
sentir la luz que descubra mi casa,
abuela tejiendo el manto de los días más fríos, más lejanos
cuando volvía la sirena mostrando la dulce manzana
a la que estoy atado.
Para velar la paz de este sitio
soplo los polvos de las desgastadas ventanas que nos hacen
...................../presentir el mar,
el liviano trino de los sauces.
Preguntas en qué ciudad se juntarán las líneas de la vida y de
...................../la suerte
y escucho la entrada del mar por la ventana que anuncia el
...................../universo.
Soy un pequeño secreto esperando de la noche un baúl donde
...................../guarecerme,
un almendro de raíces profundas cuidando la fertilidad de mi
...................../tierra,
quiero la paz de este sitio.
Andar como cierta vez los amigos viajaron en los pechos de
...................../sus mujeres,
dulces figuras deseosas de luz en los viñedos.
Hoy tendría pocas cosas que decir como si la verdad fuera este
...................../punto de la tierra
reservado para tu alumbramiento.
Estoy atado a la manzana que atravesarán los dardos, las
...................../canciones más sobrecogedoras.
Dispersas sobre las baldosas que unió el tiempo
están los peces huidizos de la luz,
está la cena por la que juntan panes como vidas los
...................../desconocidos fantasmas
que rondan la mesa servida.
Quiénes les descubrirán el rostro, quién tejió para ellos las
...................../máscaras..Cada lugar tiene su secreto y esta es mi casa,
Estas paredes que sostuvieron el péndulo de las horas pasadas,
...................../lejanos recuerdos
por los que encuentran el sitio perfecto para levantar la ciudad.
Por los altísimos puentes aparecidos en las noches,
escucho la canción de los esperanzados hombres, escucho el
...................../silencio.
Abren las puertas de un país que fundaron las luciérnagas.
Cantores, ¿quiénes les mostraron las luces de mi ciudad?
.María Teresa Vera, también usted se detuvo ante las puertas
...................../del infierno,
pesó el pez con su collar de legítimas perlas,
su mano y su anillo de luz azul,
ha vencido el miedo a las guardianas fieras
y nadie la olvida.
Mi abuelo la retuvo a la altura de su lecho, junto a San Juan
...................../Bosco
y usted volvió a sonreírle a todos.
Quién pudiera colocarle una palabra en su temblorosa boca,
quién creerá que usted no está extraviada, que anda
...................../reconociendo a los muertos de la familia,
otorgando la entrada a la cena para sacrificar el pez.
No me alejes del camino que lleva al pozo colocado al final
...................../de la casa
para que no falte el arak libanés en las celebraciones.
Tú que has levantado torres, descubierto callejas por donde
...................../navegan pequeñísimas casas de humo,
Tú has escapado de las puertas del infierno, envejecido las
...................../carnes de mis abuelos,
prendido fuego a los maderos en el horno de los panes,
ayúdame a no dejar que el viento frío entre en mi casa y
se adueñe de las vasijas que han llenado de miel los amigos.
Basta recuperar el mantel blanco, convocar a la lluvia, guardar
...................../los espejos,
y no contar las monedas en los días húmedos.
Advierto que las sombras de tus labios están sobre los árboles.
Debe aparecer mi casa en cualquiera de estas calles desconocidas.
Debe aparecer en los minutos finales de la hoguera,
por la que hemos vencido el fuego de los planetas,
la luna sobre el diario de viaje.
Hazme sentir las manos y un vasto pecho donde cuidar a mi hijo.
Debe aparecer mi casa, tienes que haber levantado mi casa,
...................../tuvo que existir alguna vez
y abro el relicario de San Vicente de Paúl donde guardó mi
...................../madre su extraño corazón
y abro mis puertas y no ha cesado la tormenta.
.
ARÍSTIDES VEGA CHAPÚ: (Villa Clara, 1962) Poeta, narrador y promotor cultural. Ha publicado trece libros de poesía: "Breve estancia de Cristo en la ciudad de Matanzas" (1989), "Finales de los años" (1993), "Últimas revelaciones en las postales del viajero" (1994), "La casa en el monte de los olivos" (1996), "Retorno de Selim" (1999). “El riesgo de la sabiduría” (2000). “El signo del azar” (2002), “De lo que se supone” (2002), “Días a la deriva” (2002), “Mensajes del pan” (2003), “Sagradas Pasiones” (2005), “Después del puente sobre las aguas” (2007), la antología personal “Que el gesto de mis manos no alcance” (2008) y su novela “Un día más allá", por Bluebird Editions, Miami (2008). Reside en Cuba.
.
Nota: Continuamos poniendo todos los domingos textos que por alguna razón tuvieron una significación especial en la década de los ochenta y en algunos de los turbios años posteriores. Para ver los post anteriores, picar en UNO / I / 1, DOS / II / 2, TRES / III / 3, CUATRO / IV / 4, CINCO / V / 5, SEIS / VI / 6, SIETE / VII / 7, OCHO / VIII / 8, NUEVE / IX / 9, DIEZ / X / 10, ONCE / XI /11, DOCE / XII / 12, TRECE / XIII / 13, CATORCE / XIV / 14, QUINCE / XV / 15 y DIEZ Y SEIS / XVI / 16
.

sábado, 11 de abril de 2009

EL FISCO O EL NUEVO HURACÁN


Cola Loca - La Estafa Del Babalawo - Funny video clips are a click away

Por Arístides Vega Chapú.

¡Ay, qué voy a hacer con mi vida! Retumba en mis oídos, una y otra vez, en ese monótono y pegajoso ritmo reguetonero que repiten sin compasión los más diversos programas de la radio.
¡Ay, qué voy hacer con mi vida!, el estribillo de moda parece haber sido una advertencia, no entendida por mí, de lo que ahora me estaría sucediendo.
Sobre el mes de junio del 2006 los escritores fuimos citados a la oficina municipal de la ONAT para hacernos saber que a partir de esa fecha no tendríamos obligación de hacer Declaración Jurada de nuestros ingresos, pues los organismos retentores –La Uneac, Cultura Municipal, el CPLL, las dependencias de la UPAC– descontarían los porcientos establecidos por la ley sobre estos pagos.
Me pareció lógico. Si es el estado quien nos paga no veía sentido alguno que a finales de año tuviéramos que pagarle al mismo estado un porciento de lo ganado. Desde esa fecha –el 2006– dejé de hacer mi Declaración Jurada y hasta festejé hubiera aparecido una ley que nos favoreciera al sector menos remunerado de los artistas. Terminadas las Ferias del Libro, de regreso a casa después de participar en la feria guantanamera, me esperaba una citación a las oficinas de la ONAT Provincial, donde se me hizo saber que había incumplido con mis obligaciones de pagar al fisco el impuesto sobre las ganancias del 2007. Una multa con el cobro por mora se sumaban a lo debido.
A estas alturas me he leído cuanta ley ha emitido el Ministerio de Finanzas y Precios junto a sus muchas resoluciones como para tener ya hoy claro que se trató de una mala información que unido a nuestro desconocimiento nos convirtieron en incumplidores de una ley del Estado cubano. Ambas, la mala información y nuestro desconocimiento, nos han salido caros, pues ahora debemos pagar una suma incrementada por la mora y la multa establecida por la ley. Lo cierto es que a diferencia de los conductores de carretones y autos, los vendedores de croquetas, los arrendatarios y todos los demás contribuyentes que obtienen sus ganancias del efectivo circulante, por lo que el estado no tendría otra manera de recibir partes de estas ganancias, los escritores solo recibimos pagos del propio estado.
¿No sería menos engorroso, para todos; los organismos y las oficinas de administración tributaria y para nosotros mismos, que solo se nos pagara lo que verdaderamente nos corresponde, sin crearnos una deuda que para muchos se nos convierte en algo impagable más allá de establecer cuotas de pagos mensuales que nos endeudan por todo ese tiempo? La ONAT Municipal de Santa Clara no ofreció la información correcta, nosotros desconocíamos las leyes que regulan esta actividad –lo cual está claro es nuestra responsabilidad– pero más que todo eso se debe estudiar todo cuanto afecta nuestra labor. Las leyes están para organizar un país no para crear malestares. Si antes del Congreso de la Uneac nos quejábamos de los bajos y desiguales pagos que recibimos los escritores, ahora debemos sumarle lo que significa acumular durante todo un año una deuda que en nada se corresponde con nuestras capacidades de pago.
¡Ay, que voy hacer con mi vida! Sigue sonando en mis oídos el reguetón visionario que en su momento no tuvo la connotación de un aviso. Por lo que para mí está claro que a partir de ahora además de estar actualizado con cuanta ley tenga que ver con mi responsabilidad ciudadana y de los pagos que reciba en este año, prestaré más atención a esas letras reguetoneras que parecen tener algo de sabias.

viernes, 16 de enero de 2009

UN DÍA MÁS ALLÁ. Novela de Arístides Vega Chapú

.
Esta reseña fue publicada originalmente en CUBA EN EL MUNDO y en LA NUEVA CUBA.

Por Felix Luis Viera.
Publicada por la miamense Bluebird Editions nos llega esta novela de Arístides Vega Chapú, la tercera que publica este autor que, en la década de 1980, se destacara como uno de los poetas más sobresalientes de su promoción. En 249 páginas, Un día más allá nos lleva por un recorrido que abarca, primordialmente, la segunda mitad del siglo pasado en Cuba. Así, en su masa narrativa está incluido el advenimiento de la revolución comunista y, sobre todo, los males que ésta acarreara para el pueblo cubano; si bien, cuando se aborda este segmento, los diferentes narradores que lo expresan obedecen a la mano imparcial del autor.
Vega Chapú expone, no enjuicia, como debe ser. Y como debe ser, a lo largo de toda la obra advertimos, bien manejado, el recurso de la sugerencia, sin el cual, salvo raras excepciones de buen estilo, la literatura deja de serlo para convertirse en una pancarta.
Con buen tino, esta novela expone desde la “sabia” destrucción, por parte de la “dictadura del proletariado", de la cultura popular, de las buenas maneras y costumbres, de los estamentos básicos que toda sociedad requiere para no ir a dar al igualitarismo y la vulgaridad generalizada, hasta un recorrido por el cancionero popular cubano pasando por los momentos más ígneos de la historia de la Isla en el período antes aludido.
Para la estructuración de la obra, Vega Chapú se adhiere al recurso de la fragmentación, y de esta manera nos demuestra que es un buen hacedor de eso que podríamos llamar “hoyos negros". Es decir, esta novela exige una participación plena del lector, un estar atento para empalmar lo que está escrito con lo que no. El diálogo está disuelto en los parlamentos, que van hacia atrás, hacia delante, hacia atrás de nuevo. Un aspecto notorio de Un día más allá es la capacidad del autor para informar -algo sumamente difícil y a la vez inevadible en una narración- sin que nos demos cuenta. Asimismo, por rachas, nos llega ese encanto que pocos pueden lograr de “la novela de la novela"; o sea, cómo se ha ido escribiendo lo que ahora leemos.
Mas, en mi opinión, la victoria del autor para alcanzar las excelencias del conjunto se debe fundamentalmente al ritmo narrativo, al tempo, digamos, que se mantiene desde la primera hasta la última página, sobrio, intenso, como en un murmullo cortante, sin darnos motivos para alejarnos de la lectura; es decir, la “música” respaldando una trama que a veces gira y regira en sí misma, que en ocasiones se estanca, pero se mantiene en una suerte de vértice. Por esta razón es que, cosa rara, en ocasiones la progresión dramática pasa a segundo plano, suplida por la cadencia ya dicha y por la tremenda capacidad del autor para hacernos reflexionar: Un día más allá está repleta de máximas y sentencias que debemos atesorar, las cuales nos llegan, más que de la sapiencia, de la sabiduría, y será por esto que la invitación a seguir una página tras otra se superpone a ratos a otros elementos de la narración. Para lograr lo anterior agréguese el lenguaje utilizado, sencillo, sin nada de la erudición o la pedantería que suelen hacer su agosto en novelas como la que nos ocupa.
Los diferentes planos narrativos, todos escritos básicamente en primera persona, están titulados y se van intercalando con eficacia a lo largo de una novela que, aquí y allá, roza lo onírico y que en un punto y otro asume el sexo “duro", pero no lascivo.
La locación en que se desarrolla Un día más allá puede ser cualquier ciudad cubana -no hay referencias a un sitio determinado- donde los personajes principales hacen gala primordialmente del estoicismo frente a los embates de “la nueva sociedad comunista", que se va estableciendo sobre la base del terror y la discriminación para los que no piensan igual, para los que no poseen una orientación sexual “correcta", para los que se niegan a perder la libertad de expresión tanto en la vida diaria como en la creación artística, para los que se retraen y deciden no participar en la Gran Obra.
De modo muy sutil, Vega Chapú va creando un contrapunteo entre el Antes y el Después de la instauración del socialismo en Cuba; una línea conceptual que constituye uno de los alcances más meritorios de la novela puesto que el autor va en busca de las reales esencias del pasado y, de manera tangencial, o como frente a un espejo, las compara con el devenir ya no solamente de la década de 1960, sino con el de cuarenta y tantos años de revolución castrista.
Un día más allá, cuyo tema principal, en mi opinión, es la frustración, merece un estudio concienzudo, página por página, que profundice en sus recursos formales y asimismo en el enlace de éstos con la rotundidad del argumento. Porque en verdad la novela expone ciertos rasgos sui géneris tanto en forma como en contenido.
nació en Cuba, en 1962. En Cuba se encuentra. En Cuba, como consecuencia de su condición de contestatario -no en balde en la década de 1980 fue apodado Chapú el Dinamitero-, ha tenido que enfrentar más de una vez los coletazos del orden autocrático establecido. En tales ocasiones, su escudo han sido la honestidad y el valor que lo han caracterizado desde siempre. Afortunadamente, Un día más allá logró cruzar sin tropiezos el Estrecho de la Florida y hoy es una realidad que debemos agradecer al arrojo del autor y al empuje de Bluebird Editions.
¿Si la novela fuera mía y me propusieran una reedición?
Revisaría el nivel del lenguaje de los narradores, con el propósito de lograr una diferencia más notoria del léxico y la metafórica de ellos.
Independientemente del narrador que fuere, evitaría frases trilladas y poco creativas como “espinas atravesando mi corazón”, (Pág. 10), “ola caliente me recorre” (Pág. 12), “agrietados labios” (Pág. 185), “un sudor frío recorría mi rostro” (Pág. 249) y otras del mismo corte que aparecen diseminadas a los largo de la narración.
No me ceñiría a utilizar invariablemente el adjetivo delante del sustantivo, lo cual en no pocos casos afecta la exposición.
Escribiría las letras de canciones en cursivas para evitar la confusión que se crea en ciertas secuencias.
No incluiría la ruptura tempo-espacial en tramos narrativos tan breves (un ejemplo: Págs. 60-63).
Como una novela se escribe para que la lean 500 años después, y asimismo para que sea disfrutada por lectores contemporáneos de otras latitudes que no tienen por qué estar informados de ciertos aspectos, definiría mucho mejor algunos hechos, personajes, anécdotas y datos históricos en general.
Aumentaría la intervención en la obra de la jinetera (prostituta), un personaje de gran fuerza, cuyo tono de testimonio clasifica entre lo más logrado de la novela.

Arístides Vega Chapú

Ha publicado trece libros de poesía: "Breve estancia de Cristo en la ciudad de Matanzas" (1989), "Finales de los años" (1993), "Últimas revelaciones en las postales del viajero" (1994), "La casa en el monte de los olivos" (1996), "Retorno de Selim" (1999). “El riesgo de la sabiduría” (2000). “El signo del azar” (2002), “De lo que se supone” (2002), “Días a la deriva” (2002), “Mensajes del pan” (2003), “Sagradas Pasiones” (2005), “Después del puente sobre las aguas” (2007) y la antología personal “Que el gesto de mis manos no alcance” (2008).
Foto: Carolina Vilches.

Felix Luis Viera, es poeta, cuentista y novelista, nació en Santa Clara, Cuba, el 19 de agosto de 1945. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba), Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba) y La que se fue (2008, Red de los Poetas salvajes, México); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986. ) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003) y la novela corta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2002, 2006 y 2008, Edizoni Il Flogio, Italia.)
El Premio de la Crítica es el mayor reconocimiento que recibe un libro en Cuba. Su libro de cuentos Las llamas en el cielo es considerado un clásico del género en su país.
Varias de sus creaciones han sido traducidas a distintos idiomas y forman parte de diversas antologías publicadas en Cuba y en el extranjero. En su país natal recibió diversas distinciones por su labor en favor de la cultura. Fue director de la revista Signos , de proyección internacional y dedicada a las tradiciones de la cultura.
Su más reciente novela, Un ciervo herido -que aborda el tema de las UMAP, eufemísticamente llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción y, en realidad, campos de trabajos forzados establecidos en Cuba en la década de 1960-, ha recibido un notable reconocimiento de la crítica y de los lectores y ha circulado en España, Puerto Rico, México y otros países; durante cinco meses estuvo entre los libros más vendidos en Miami y ha sido traducida al italiano por la editorial L´Ancora del Mediterráneo. En Italia ha sido objeto de un notable reconocimiento de la crítica especializada, así como de los lectores.
Tiene inédita su novela El corazón del rey *, que refleja los primeros pasos de la instauración del socialismo en Cuba, en la década de 1960, y actualmente trabaja en el poemario La patria es una naranja, inspirado en la añoranza de su tierra natal y en sus vivencias en México, donde radica desde 1995. En México ha colaborado en diversos periódicos con artículos de crítica literaria y de contenido cultural en general, ha impartido talleres literarios y conferencias, y asimismo se ha desempeñado como asesor de variadas publicaciones periódicas. Actualmente es ciudadano mexicano.
Foto: Delio Regueral.
* Bluebird Editions ha conversado con el autor y tiene en sus planes publicar esta novela en los próximos meses.

martes, 18 de noviembre de 2008

EL PASADO, UN DÍA MÁS ALLÁ


Nota: Camilo Venegas, que conoce el manuscrito desde los años en que fue escrita, hace una recreación de nuestros tiempos matanceros y saluda la publicación de Un día más allá, del poeta Arístides Vega Chapú por Bluebird Editions, en la ciudad de Miami.


Por Camilo Venegas.

Conocí a Arístides Vega Chapú a finales de la década de los ochenta. La primera vez que nos abrazamos puso en mis manos un capítulo de una novela que estaba escribiendo (algo insólito para nuestra generación en aquel entonces). Nunca más supe de ella y de él apenas recibí noticias de año en año. Hace unas semanas, reaparecieron los dos. Entonces yo aún vivía en la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones y recibía constantes visitas de Evelio Luis Capote (un raro y talentosísimo individuo que siempre quiso vivir en el siglo XIX, pero que fue forzado a nacer en la Cuba de la segunda mitad del siglo XX. Luego, también de manera inexplicable, murió en España sin haber podido escribir ninguno de los libros que tenía en la cabeza). A insistencia de Evelio, hice mis maletas y me fui a Matanzas, una ciudad que, según él, tenía más poetas que casas en ruinas.Viajé en tren lechero desde Cienfuegos hasta Unión de Reyes. Allí una máquina del ANCHAR (aquellas que eran anaranjadas y aún conservaban anuncios de los 50 por dentro) me llevó, por una rara carretera que atravesaba rarísimos pueblos, hasta Matanzas. Alfredo Zaldívar me dio la bienvenida y, sin yo pedirlo, las llaves que abrían las puertas indispensables de la ciudad.Zaldívar entonces era el director de la Casa del Escritor y de las Ediciones Vigía (aquellos libros hechos a mano que en algún momento el oportunismo le echó mano). Arístides, era el administrador de la librería El Pensamiento, donde se vendían libros de uso y se salvaguardaban autores prohibidos. Entre esas ocho paredes están encerrados todos mis recuerdos de esa ciudad, donde las ruinas que se erigían en ambas orillas del río San Juan se fueron extendiendo como una epidemia.Todas las tardes, Zaldívar y yo cruzábamos un puente de hierro y bajábamos por la Calzada de Tirry hasta la minúscula casa donde vivían Arístides, la poeta Bertha Caluff y su hija Salma Lucía. Mientras Bertha cocinaba unas berenjenas (nunca supe dónde las conseguía), Arístides nos leía capítulos de una novela en la que Rita Montaner, María Teresa Vera y Bola de Nieve cantaban y vociferaban sobre una isla donde todos los recuerdos se confundían.En la XXV Feria Internacional del Libro de Miami, en ausencia de Arístides, que vive ahora en su Santa Clara natal, se presentó Un día más allá. La nota del reverso de portada dice que el autor “propone una visión interactiva de la historia de un país, a través de personajes de oficios, credos y edades diferentes, que tienen en común el estar inmersos en la difícil y contradictoria realidad que ellos testifican a través de sus historias personales con impresionante y absoluta honestidad”.Hoy recibí las fotos del lanzamiento. En lugar de Arístides, aparece en ellas su hermano Heriberto Hernández (otros de los poetas villareños que se habían refugiado en aquella Matanzas que, como casi todos los espacios que vivimos entonces, no existe más). Como en las páginas de su obra, Arístides me cuenta lo que no pudo vivir como si lo hubiera vivido. Ese recurso, propio de la ficción, ha sido uno de los más eficaces que los cubanos han encontrado para enfrentar su realidad. “Divertidos y desgarradores son los personajes que cobran vida en Un día más allá, empeñados en llegar desde el pasado hasta la actualidad”, es la más importante advertencia que le hace el editor de la novela a sus lectores. Yo les haría otra más, que tengan en cuenta de que entrarán a un lugar que probablemente nunca ha existido y del que nunca podrán salir ni olvidar nada.Esa condena a tener que vivir de la nostalgia y verse obligado a pernoctar en ella aun en las noches de mayor desarraigo, es lo que obliga a Arístides Vega a seguir contando las cosas con las que no puede hacer otra cosa. El tren lechero en el que llegué a Unión de Reyes ya no circula, los que manejan las máquinas del ANCHAR ahora se llaman boteros (como si la isla fuera de agua y la única posibilidad de moverse por ella es a través de la navegación). No sabría cómo volver a usar las llaves que me regaló Zaldívar.De toda aquella época que conviví con Evelio Luis Capote, Alfredo Zaldívar, Bertha Caluff, Heriberto Hernández, Laura Ruiz, Teresita Burgos y Gisela Baranda, sólo quedan los murmullos que debe seguir dejando el río San Juan al pasar por debajo de todos aquellos puentes. Eso es lo que vuelvo a escuchar cada vez que Arístides me escribe y me da un abrazo.

ARÍSTIDES VEGA CHAPÚ: (Villa Clara, 1962) Poeta, narrador y promotor cultural. Ha publicado trece libros de poesía: "Breve estancia de Cristo en la ciudad de Matanzas" (1989), "Finales de los años" (1993), "Últimas revelaciones en las postales del viajero" (1994), "La casa en el monte de los olivos" (1996), "Retorno de Selim" (1999). “El riesgo de la sabiduría” (2000). “El signo del azar” (2002), “De lo que se supone” (2002), “Días a la deriva” (2002), “Mensajes del pan” (2003), “Sagradas Pasiones” (2005), “Después del puente sobre las aguas” (2007), la antología personal “Que el gesto de mis manos no alcance” (2008) y su novela “Un día más allá”, por Bluebird Editions, Miami (2008). Reside en Cuba.

Nota: Foto de grupo, tomada en los años ochenta, cortesia del artista plástico y músico Adrián Morales. En primer plano el poeta Arístides Vega, junto al Editor (creador de "Ediciones Vigía") y poeta, Alfredo Zaldívar.

lunes, 4 de agosto de 2008

NÁUFRAGO

Arístides Vega es un isleño vocacional, y digo isleño y no cubano porque para él, Isla y Cuba son sinónimos. Un espacio limitado por agua, aguas que le compulsan a pararse en el centro. Náufrago, es La primera palabra, y no se me ocurre otra, aunque no sea exacta. No ha navegado o zozobrado en barco u objeto flotante alguno. Nació ya en una isla en medio del mar y ha tenido que propiciarse todo medio de subsistencia (poética).
Corrían los primeros años de la década del ochenta, aún se sentía la sombra negra del Mariel, con su vergonzosa ola de represión, y nuestra generación empezaba a mirar la vida del país con inquietud. Las librerías nos devolvían la sensación de que había que “buscar atrás” o mirar allende el mar. Traducciones del “Anábasis” de Saint-John Perse (de Heberto Padilla) o la traducción (amanerada versión) de Lezama de “Lluvias”, una pequeña edición (con el cuadro “Tierra” de Fayad en la cubierta) de la “Tierra Baldia” de T.S. Eliot, Rilke, Mallarmé, Paul Valéry (en la excelente traducción de Mariano Brull) fueron descubrimientos sucesivos que ayudaron a paliar la coral y laudatoria (a la Revolución) oferta de las librerías. El “salto atrás”, no sólo nos hizo releer, como quien busca una luz al final del túnel, todo el diecinueve cubano. La república, con el emblemático Poveda o el íntimo Ballagas; nos llevó derecho a “Orígenes”, como una balsa flotando en el mismo mar desde los tempranos treinta y aún dando bandazos.
Por esa época conocí a Arístides Vega Chapú. Recién regresaba de La Habana (a Santa Clara) después de un intento fallido (por suerte) de estudiar derecho. Comenzábamos a vernos a menudo un grupo en el que se recuerdan además los poetas Pedro LLanes, Frank Abel Dopico, Joaquín Cabezas de León, y el narrador Evelio Capote (ya fallecido), entre otros. En el departamento de sus padres (en los altos de las oficinas del PCC provincial), sitio de encuentro, escuchábamos música, que no hubiese oído nunca de otro modo, y nos reuníamos para ir a alguna actividad cultural o simplemente para leer o conversar. Su manera de escribir (y de vivir) fue cimentando una amistad que los años y mi admiración sólo han fortalecido.
He recibido, recién, una antología de su poesía que he leído de una manera muy peculiar. Los primeros textos (de los primeros libros) me sonaban tan cercanos que recordaba largos pasajes como si los hubiese escrito. Algunos poemas revivieron los momentos en que fueron escritos o en que los escuché por primera vez, y confirmé la vieja certeza de que Arístides reúne en su obra todos los sueños (muchos truncados) y todas las frustraciones de una generación. La generación (como quieran llamarla) que abrió los ojos con la bofetada del Mariel y dinamitó el monolítico discurso “setentero” y recapituló los anales de la literatura cubana, reclamando un espacio para la individualidad. Ese espacio estaba ya implícito en cada verso.
Después de muchos años, leyendo de un modo fragmentario su obra, poder apreciar reunida una muestra amplia y representativa de cuanto ha escrito, permite constatar como el discurso, lejos de hacerse mas discreto o decantar excesos e improntas de juventud, se mantiene vivaz y minado de desvaríos emocionales, personales referencias y voluntariosos giros que contradicen su actitud reflexiva y ecuánime.
Se habló muchas veces en el pasado, de una vocación en que el tema familiar genera el contexto básico en que se estructura su sensibilidad poética. Hoy tiendo a pensar que el poeta construye nexos para atar (poéticamente) sus temas, sus preocupaciones, sus especulaciones, muchas veces con visos de obsesión existencial, a una referencia cercana, conocida, “familiar” en la otra acepción. La intención de hacerse entender sin dar detalles, sin explicar por qué, no es más que la proyección de su necesidad de entender y su voluntad de ver desde dentro.
Arístides sigue siendo un sobreviviente, enraizado cada vez más en el centro de su isla. Allí ha construido una cabaña con los restos de cada naufragio. No mira hacia el mar, hacia el horizonte, porque no espera nada de las aguas que le rodean como una maldición. Todo lo necesario, lo esencial, esta bajo el árbol más cercano, en la humedad de la sombra y el sabor del fruto.

NO SOSPECHAMOS LO IGUALES QUE SOMOS SENTADOS A LA MESA
Soy el anfitrión de esta mesa familiar,
del pez que duerme con ojos abiertos
semejantes al sol
desdeñado por el batir furioso de las nubes.
Dejando abiertas las ventanas, las luces ardiendo
en las vasijas que cobran el color de las monedas,
agradezco la estación en que se marchan las aves.
No parece que vaya a morir
con mi casa a medio hacer,
con la madera áspera de la mesa humeando.
Pero viene a salvarme.
Veladas están las entradas de la casa
y afuera la tormenta intenta apoderarse de los ojos
con que el pez puso fin a su tristeza.
Como un soldado llegado de la guerra
deseo una mujer que agriete mi pecho,
se sumerja con la certeza de estar a salvo.
Deseo una conversación al oído.
Abrir los ojos y escuchar la música de las ferias
sobrevolando la ciudad sin orientarme.
Pero soy el anfitrión de esta mesa
en que el asado conserva las huellas del dolor
y tu no asomas las manos por miedo al pez.
Esta mesa ajedrezada que nada sostiene
como si nos dispusiéramos a jugar con el peligro
de volvernos a ver en sus falsos bordes,
maldiciendo el país
que la noche convierte en triste mesa
donde estamos uno frente al otro
atentos a la humeante sopa que nos iguala el rostro.

SI FUERA POSIBLE OLVIDARA ESTE TIEMPO
Siembro un árbol como si abrazara a mi hija
con el temor de desconocer hasta dónde crecerán sus hojas.
Para aliviar mis ganas de morir
me he dejado llevar por sus sombras.
tendría un buen corazón si atravesado no estuviera.
Pero un árbol quebrado puede mover el cielo
hasta dejarlo caer suavemente
como un pájaro desorientado.
Tendría que maldecir su sabiduría
para no dibujarle un corazón en el pecho.
Mi padre me posee desde lejos.
Como aun desconocido, lo veo ofrecer naranjas
que los árboles más altos han endulzado.
Quise su miel, pero no es tiempo de escucharnos.
Ninguna ciudad me pertenece
porque no podré alcanzar jamás fruta en árbol tan crecido.

A veces me parece imposible salir del mar y respirar
flotar como el cadáver de un pez
sin tocar nunca más la tierra,
pero quien sabe ciertamente lo que quiere
si no podemos imaginar un astro en nuestras heridas.

Tiempo en que todos sentimos los estruendo de la muerte
que nos sepulta en su soledad.
A los milagros tememos
a la luna tememos
a la luna que semeja un cazador viajando hacia nosotros.
Debo lanzarle flechas, proteger la tierra que oscurece
pero mi historia es demasiado antigua para recordarla.
Convertido en sombra estoy entre dos muertos;
pasado y presente son nuestra angustia.
Ellos tendrán mañana mi rostro, la tierra
a la que descenderán antes del invierno.
Es una larga historia que nos protege
con el poder de la fruta que madura en la fronda.

Quise amar a la que descubrió su pudor
en el espejo de mi pecho.
Pero mi corazón ya no dirá la verdad,
no es el refugio de los que temen quedar solos,
Olvidados por la luna que nos pertenece y alivia.
Siembro el árbol para que penetre su cuerpo de serpiente
por esas puertas nunca abiertas.
Han crecido las murallas de la ciudad
y ni siquiera la magia de la alfombra
podrá sobrevolarla.

A solas converso con alguien a quien no revelo mi nombre.
Sin decirme si es creíble la conversación
he de imaginarla como tantas otras frases que me agradan
y no he pronunciado nunca.
Se marcha entre la memoria y el camino
por el que se vuelve a uno mismo.
Quien le escucha en los días en que el aire tiende su túnica
como una última mirada,
inexistente tiempo en que es difícil descubrirnos
por muy cerca que estemos.
Es un aviso, levántate y cobíjame,
pero hoy no basta el arraigo por la tierra
porque un día desaparecerá mi temor
y habré muerto en calma.

LA SOLEDAD INNECESARIA
Yo amé a un país a tientas del que nada sabía.
Apenas se me dijo: es tu tierra
y como pájaros mortalmente heridos
vi hombres caer donde antes hubo cielo.
Ojos vendados, por los mismos caminos
en que parece imposible oscurezca.
Aquí murieron olvidando el regreso.
Era inútil hablarles. Llamarles por sus nombres.
País que los viste morir, tus puertas no existen
son relámpagos caídos al borde de la ciudad.
Muchos hollaron el suelo prohibido
con la sensación del heroísmo
y el rumor que ocultan los pacíficos pueblos.
Si acaso comprendiéramos que detrás de esta moneda dorada,
de su figura de luz,
están los cuerpos que prefieren la demencia
como lo único conservado.
No escuchen a las muchachas que desenterraban sus despojos
del campo de batalla.
Al cazador que dentro de mí elige
su sombra herida por un dardo.
No conozco otra ciudad, sólo esta
en la que estoy sepultado.
Aún no sé que decir que no estuviera escrito,
fui peregrino y bajo el cielo
no recuerdo haber descubierto un silencioso sitio
que me cubra como un ángel.


CONCIENCIA DE LA PÉRDIDA

Estoy a oscuras,
en el vacío espacio de lo que fue mi casa,
sobre las estáticas flores
de una loza tan antigua
como mi pasado.
Justo en el sitio
donde un caudaloso río se deshizo
de todos los peces
que con su ambición traspasaron los límites
fijados por el movedizo dibujo del agua.
Sucedió antes de que inundara mi casa,
la dividiera en dos
como un libro que se deja momentáneamente.
Bien sé que no he sido inocente,
ni siquiera me lo propuse
y ahora no espero perdón.
Estoy a oscuras,
sin pensar ni esperar de este tiempo
que fluye hacia un pasado inexistente.
La oscuridad desciende
desde una áspera franja de cielo
sin luna ni sol.
Bajo ella aguardo la señal
de los que alguna vez perdieron
el miedo a las pasiones
y fueron condenados sin piedad alguna,
no obstante su sentido común
sólo les permitió anhelar
lo que la luz de sus ojos convirtió
en predios posibles.


PERMANENCIA

Yo que tantas veces he espiado los gestos del celador
me había conformado
con que el árbol naciera a mis espaldas.
A veces hasta me creo a salvo y me volteo
para seguir el rastro verdecido de las ramas,
inmensas como si estuviesen destinadas a un vestuario
y cuyo único anhelo es sentir el frágil peso de un ave
recién salida de un cielo milenario y desconocido,
que va y viene sin revelar nada
que no sea capaz de ascender hasta el.
A pesar de que no existe algo para enterrar
bajo la irrealidad de su sombra,
permanezco aquí, simulando ser parte
de esta oscura tierra extraña para mis antepasados.
Es lo que tengo en común con el árbol
aunque esté a mis espaldas,
ambos estamos predestinados a permanecer.


ESCAPAR CON VIDA

Podría como tantas otras veces creerme hijo de Dios
ante la inmensidad de un horizonte
que se apropia de todo lo existente más allá
de lo que no puedo vaticinar.
Aparentemente descreído, con una dudosa memoria
en la que vagan recuerdos
sin ocupar un pasado o un presente,
he tenido ante mis ojos el esplendor de todo el paisaje
como si tuviese el mundo sobre mí y pudiera soportarlo.
Me he preguntado quién soy, temeroso de vagar
por estas tierras sin límites, ni noche
de una luna menguante o simple luz golpeada por el viento
desprovisto de una dirección.
Como cuando pequeño
me siento sobre el vaivén de las hojas de un árbol
estático como la noche
que la lluvia de estos meses ha incitado a crecer
para que nada sea divisado a su alrededor.
Nada con lo que sea posible orientarme,
creer que uno de esos vientos aparejados a la lluvia
tomará por mi camino
sin obligar a mi cuerpo a sostener la hidalguía
del soldado que no quise ser.
Una llovizna que se desliza con la sutileza de una lágrima
y que sólo está dispuesta a caer en noches tan inciertas
como esta noche,
tiene el destino de borrar el dolor.


¿ACASO NO ESCUCHAS MI VERDAD?
Advierto que me he quedado solo
repitiendo mi verdad a nadie.
La memoria no servirá para reconocer
a quién intento convencer con estos gestos.
Ubico la tempestad en un horizonte límite de nada.
Estas lágrimas provocadas por ningún dolor real
me pertenecen.
Ciegan mis ojos con su penitente ácido
para no ser testigo de cuanto sucede
sobre la sombra irrepetible
de un tiempo en que olvido cómo reconocerme,
cómo describir mi rostro,
es decir el que dispone las circunstancias.
Soy tantos otros,
tantos seres desconocidos
y hasta inexistentes.
Estoy fuera de la imagen
con la que reconstruyo el pasado
en el que no será reconocido nadie
después de sumergir sus cabezas en la penumbra.
Sobre la solitaria tierra que aguarda tras el mar
se configura la noche.
Es algo que presiento
y mis ojos extremadamente agotados
de preferir la luz
me hacen creer que todo cuanto es posible imaginar
sobre la tierra me pertenece.
Poeta, narrador y promotor cultural. Ha publicado trece libros de poesía: "Breve estancia de Cristo en la ciudad de Matanzas" (1989), "Finales de los años" (1993), "Últimas revelaciones en las postales del viajero" (1994), "La casa en el monte de los olivos" (1996), "Retorno de Selim" (1999). “El riesgo de la sabiduría” (2000). “El signo del azar” (2002), “De lo que se supone” (2002), “Días a la deriva” (2002), “Mensajes del pan” (2003), “Sagradas Pasiones” (2005), “Después del puente sobre las aguas” (2007) y la antología personal “Que el gesto de mis manos no alcance” (2008). Su novela “Un día más allá”, inédita desde 1999, será publicada por Bluebird Editions a finales de este año. Reside en Cuba.


ARÍSTIDES VEGA CHAPÚ: (Villa Clara, 1962)


La foto en blanco y negro es un detalle de una foto de grupo tomada en los años ochenta, cortesia del artista plástico y músico Adrián Morales.