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domingo, 25 de octubre de 2009

TRES / III / 3

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Un poema que por su inusual discurso, en la realidad cubana de finales de los años ochenta, adquirió un tono de desafío que nunca estuvo en el espíritu del texto ni en las aspiraciones del autor. Sus valores estéticos siguen siendo suficientes para sustentarlo como literatura, en nada disminuido por su importante contribución social..VESTIDO DE NOVIA / Norge Espinosa..................................................Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman,
..................................................contra el niño que escribe nombre de niña en su almohada,
..................................................ni contra el muchacho que se viste de novia
..................................................en la oscuridad del ropero.
.................................................................Federico García Lorca
.Con qué espejos
con qué ojos
va a mirarse este muchacho de manos azules.
Con qué sombrilla va a atreverse a cruzar el aguacero
y la senda del barco hacia la luna.
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Cómo va a poder
Cómo va a poder así vestido de novia
si vacío de senos está su corazón si no tiene las uñas pintadas
si tiene sólo un abanico de libélulas.
.Cómo va a poder abrir la puerta sin afectación
para saludar a la amiga que le esperó bajo el almendro
sin saber que el almendro raptó a su amiga le dejó solo.
Ay adónde va a ir así este muchacho
que se sienta a llorar entre las niñas que se confunde
adónde podrá ir así tan rubio y azul tan pálido
a contar los pájaros a pedir citas en teléfonos descompuestos
si tiene sólo una mitad de sí la otra mitad pertenece a la madre.
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De quién a quién habrá robado ese gesto esa veleidad
esos párpados amarillos esa voz que alguna vez fue de las sirenas.
Quién le va a apagar la luz bajo la cama y le pintará los senos conque sueña
quién le pintará las alas a este mal ángel hecho para las burlas
si a sus alas las condenó el viento y gimen
quién quién le va a desvestir sobre qué hierba o pañuelo
para abofetearle el vientre para escupirle las piernas
a este muchacho de cabello crecido así vestido de novia.
.Con qué espejos
con qué ojos
va a retocarse las pupilas este muchacho que alguna vez quiso llamarse Alicia
que se justifica y echa la culpa a las estrellas.
.Con qué estrellas con qué astros podrá mañana adornarse los muslos
con qué alfileres se los va a sostener
con qué pluma va a escribir su confesión ay este muchacho
vestido de novia en la oscuridad es amargo y no quiere salir no se atreve
no sabe a cuál de sus musgos escapó la confianza
no sabe quién le acariciará desde algún otro parque
quién le va a dar un nombre
con el que pueda venir y acallar a las palomas
matarlas así que paguen sus insultos.

Con qué espejos con qué ojos
va a poder asustarse de sí mismo este muchacho
que no ha querido aprender ni un sólo silbido para las estudiantes
las estudiantes que ríen él no puede matarlas
así vestido de novia amordazado por los grillos
siempre del otro lado del puente siempre del otro lado del aguacero
siempre en un teléfono equivocado
no sabe el número tampoco él lo sabe.
Está perdido en un encaje y no tiene tijeras
así vestido de novia como en un pacto hacia el amanecer.
.Con qué espejos
con qué ojos.
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Norge Espinosa: Santa Clara, 1971. Graduado de la Escuela Nacional de Teatro en 1992. Como dramaturgo ha estrenado Los músicos volantes (Teatro de los Elementos, 1992), Sarah´s (Teatro El Público, 1995), Sácame del apuro (Teatro Pálpito, 1997), En un retablo viejo (Teatro de las Estaciones, 2001), e Ícaros (Teatro El Público, 2003). Ha publicado Las breves tribulaciones (Ediciones Capiro 1993), Cartas a Theo (Ediciones Vigía, 1990), Los pequeños prodigios (Gente Nueva, 1996), Las estrategias del páramo (Ediciones Unión, 2000), Carlos Díaz: Teatro El Público: la trilogía interminable (Editorial Abril, 2001), Romanza del Lirio (Ediciones Sed de Belleza, 2003), y La virgencita de bronce (Ediciones Alarcos, 2004)
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Nota: Continuamos poniendo todos los domingos textos que por alguna razón tuvieron una significación especial en la década de los ochenta y en algunos de los turbios años posteriores. Para ver los post anteriores, picar en UNO / I / 1 y DOS / II / 2.
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viernes, 9 de octubre de 2009

VITIER: LOS OJOS DE LA POESIA

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Por Norge Espinosa.
.La muerte de Cintio Vitier añade al estado actual de las letras cubanas una nueva nota pesarosa. Si bien elevado desde hace ya mucho a una categoría sagrada, y poco dado a frecuentar espacios de confraternidad donde no se le exigiera aparecer como vocero de un Martí conectado a los preceptos de la Cuba post-59, su pérdida deja un espacio vacío que, más allá del lugar común, ningún autor de la Isla puede hoy discutirle. Habrá que agradecerle su empeño en construir una especie de pequeño canon, una búsqueda que funcionara como interrogante progresiva a través de su poética como imagen del país. Y también el que haya imaginado un mapa sobre el mapa: una nación letrada desde los versos que seleccionó en apretada y discutible escala, para procurarnos una dignidad. Me atrevo a sumarle un elogio que puede devenir incómodo. De los nombres de su generación, de la posibilidad literaria de quienes integran su estirpe, acaso sea él, entre todos, el autor con el que más provecho se puede debatir. Debatir: no discutir provocativamente: eso es territorio de Piñera. La lectura de “Lo cubano en la poesía” arrancará, en el lector no ingenuo, estados de ánimo capaces de extender esas páginas hasta las interrogantes que el poeta cubano aún no responde, o demora en articular bajo circunstancias diferentes a las de aquel 1957 para encontrar otro espejo. Admiradores o quejosos de su cartografía, estamos condenados a tenerlo en cuenta, así sea para rebatirle sus excesos. Eso hará de este hombre un clásico, al menos dentro del mapa que él mismo profetizó. Hoy, resulta arduo creer que "la poesía va iluminando al país". Y su poesía, al menos para mí, se demora en ofrecerme fragmentos que pueda recordar amablemente. Me excuso para no opinar sobre sus novelas: puede hallarse en la literatura cubana ejemplos más evidentes del aburrimiento que puede ser, para algunos, la biografía disfrazada de fábula trascendente. Una mano ávida hurgará en las diferencias que tuvo con sus amigos de generación (el mito de la amistad inquebrantable con Lezama tiene altas y bajas: en el último número de “Espuela de plata”, recuérdese, ya Cinthio Vitier no aparece entre "los que aconsejan"), para calibrar las humanidades que a ratos se nos esconden en el sopor de tanta espiritualidad. Y tendremos, también, que reconocerlo en el pontífice que organizó un culto lezamiano, de tal poderío que no pocos, aún hoy, creen ver y entender al Maestro a través de esos ojos. En los últimos años, Vitier predijo un rumbo asombroso para ese sol del mundo moral. Quiso ver encarnada su profecía, y al palparla en otra realidad, destruyó parte de esa premonición. Que aún perdure otra parte de su ensueño es también prueba de su trascendencia, más allá de las coyunturas. Quiso la suerte que no me encontrara en La Habana durante los días que rondaron su sepelio. La doble distancia que sentí ante lo noticia me ha devuelto a pensar sobre sus libros, sobre los escasos encuentros en que coincidimos, sobre la tarde en la cual le pedí que estampara su firma en una edición de sus traducciones de Rimbaud. También a través de esos ojos leemos a Rimbaud. El fue, durante un tiempo que acaso no termina, los ojos de la poesía cubana. Que nos guíe este recuerdo mientras seguimos avanzando sobre el mapa.

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Nota: Agradecemos al poeta y dramaturgo Norge Espinosa la amabilidad de estas palabras..Norge Espinosa: Santa Clara, 1971. Graduado de la Escuela Nacional de Teatro en 1992. Como dramaturgo ha estrenado Los músicos volantes (Teatro de los Elementos, 1992), Sarah´s (Teatro El Público, 1995), Sácame del apuro (Teatro Pálpito, 1997), En un retablo viejo (Teatro de las Estaciones, 2001), e Ícaros (Teatro El Público, 2003). Ha publicado Las breves tribulaciones (Ediciones Capiro 1993), Cartas a Theo (Ediciones Vigía, 1990), Los pequeños prodigios (Gente Nueva, 1996), Las estrategias del páramo (Ediciones Unión, 2000), Carlos Díaz: Teatro El Público: la trilogía interminable (Editorial Abril, 2001), Romanza del Lirio (Ediciones Sed de Belleza, 2003), y La virgencita de bronce (Ediciones Alarcos, 2004)
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lunes, 16 de febrero de 2009

LAS PALABRAS DEL CUERPO

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Palabras leídas por el poeta Norge Espinosa en la presentación del libro de poemas "Los olores del cuerpo” de Bladimir Zamora Céspedes.
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Por Norge Espinosa.

He leído estos poemas con anterioridad. O los he escuchado, en voz de su autor, durante un tiempo que me permito poblar de mis memorias. Volver a encontrarlos unidos en un volumen, donde la voz de Bladimir Zamora parece haberlos impreso con una tinta que es la de esa memoria y esas noches, me ha recordado que la poesía es, sobre todo, una manera de salvarnos de la pérdida. Si no me uniera al autor de estos poemas un cariño, o para decirlo con una palabra tal vez más cierta, una querencia tan larga, puede que me hubiese negado a hacer esta presentación. Porque en no pocos versos he reencontrado paisajes en los que yo era otro, más joven o ingenuo, y me abrazaban, y se abrazaban, otros que no nos acompañan ya, o que tal vez no deseen volver a retratarse en idénticos abrazos. Salvarnos de la pérdida, eso digo. Lo quieran o no, en Los olores del cuerpo esos abrazos son todavía cálidos.
Bladimir lo ha dicho en no pocas ocasiones. Como su admirado Gastón Baquero, al que tanto hizo por acercarnos hasta el día de hoy en el que mencionar su nombre ya no es deshonra sino fiesta verbal de todos; descree de los libros como quien descree de las tumbas. Para suerte suya, Los olores del cuerpo rezuma, junto al estado de ánimo de quien escoge y repasa, un anhelo que no es de la despedida, sino más bien el concierto de lo vivido en pos de nuevas resonancias. Fiel a sí mismo, Bladimir ha puesto en un haz los poemas con los cuales llenó aquel primer cuaderno, Sin puntos cardinales, y ha dilatado ese mapa sensible que es su propia biografía de poeta humilde y alejado de la vanidad de tantos con otros textos que lo acompañan y nos acompañan. Una buena antología de la poesía cubana de los años 80 no perdería un ápice de dignidad si incluyese “Bailas para mí en 1916", esa evocación de una Isadora Duncan que renace como alma y baile de manera insólita en uno de sus mejores poemas. Y que, hasta donde sé, no ha podido ser superada por otra página que intente seguir la huella de la excepcional bailarina entre nosotros desde la poesía que fue ella misma. “El cetro de la imaginación” es otro poema, a mi juicio, veraz y válido: el propio Gastón Baquero es el retrato de una Isla que comienza donde la poesía tiene su latitud visible. Son, digamos, ejemplos de una poesía que puede emular con lo que, como concepto, manejan muchos. Pero quizás me atreva más, y pueda sugerirle al lector que no conozca a Bladimir poemas más sencillos, en los que se transparenta un ser humano que lidia sin cesar contra otras figuraciones.
Habrá que decirlo de una vez: siendo él mismo un hombre esencial en el desplazamiento que muchos jóvenes poetas ganaron hacia la publicidad mediante las páginas de El Caimán Barbudo, en las cuales les hizo sitio desde aquella columna que se llama “Por Primera Vez"; Bladimir Zamora ha ido entretejiendo su propia palabra de poeta en la hora, al parecer, menos iluminada. Escribe para sí mismo con las palabras de la infancia, oídas y aprendidas en Cauto del Paso, y tocadas por un encantamiento que las desdobla hacia otra posibilidad de sonido y sentido. La transparencia parece ser su clave; y en su poesía, despojada de efectos y recursos que otros calcan sobre sí mismos, hay un retrato íntimo de la persona que procura un rostro menos solitario, y pide y clama en estos poemas por la posibilidad de una compañía que lo salve. La suya es una poesía que pide confraternidad. No es ese un gesto nada frecuente en lo que se escribe y lee hoy en la Isla.
Conocido por tantos, trovadores, poetas, pintores, artistas de Cuba y fuera de Cuba, podría crearse de él la imagen de un ser a quien no le faltan abrazos. Los olores del cuerpo muestra la otra figura de la misma persona, y al revelarlo en su fragilidad, ayuda a entender mucho mejor a ese Bladimir Zamora público, capaz de arroparse en el ron más sencillo, y cambiarlo por el hallazgo de un nuevo cantautor, o de volver a Martí o Fina García-Marruz, dos de sus pasiones, con la vulnerabilidad de quien vive y comparte todo lo que vive. Cuántas veces hemos subido la escalera estrechísima del Hotel Monserrate para oír, en la disposición mínima de La Gaveta, varios secretos cantados de Cuba. Cuántas veces no he pensado en él si me despierto necesitando a María Teresa Vera o Los Matamoros. Los olores del cuerpo contiene la música íntima de Bladimir Zamora: de alguna manera son más que poemas, estos, sones, baladas, su melodía más cierta. Algunos de estos versos, quizás por ello, nos invitan a cantarlos.
Algunas personas, sin que la exageración nos empuje a afirmar tal cosa, pueden calificarse de irrepetibles. Son, ellas, las que ganan un sitio que no podemos compartir sino desde el gesto con el cual nos sabríamos privados del algo que creemos estrictamente irremplazables; algo sin lo cual algunas cosas no serían iguales ni nos harían precisamente iguales. Los olores del cuerpo, para quienes lo conozcan de veras, es un libro que se parece a su autor, que lo revela sin circunloquios ni pirotecnia de la poesía al uso. De ahí proviene su extrañeza y su singularidad. Los amigos que el autor puede nombrar, varios de los cuales están en la página de créditos del volumen, podrían confirmarlo. Yo lo digo porque también puedo imaginarme en el espejo que esos versos me dejan habitar: puedo reconocerme en ellos con la seguridad palpitante de quien desempolva una foto de familia para encontrar su propio rostro entre los rostros: el paisaje que puede ser la poesía en un fondo que se va volviendo sepia. Lo que este libro nos devuelve es el tiempo en que muchas cosas parecían ser posibles, reviviéndolas con palabras que son el aliento, el olor, el eco mismo de Bladimir Zamora. El Bladimir Zamora que podría abrir, hasta las madrugadas infinitas que acaso ya no vuelvan, una casona en la calle Paseo para que coincidieran Delfín Prats y Carlos Varela, Martha Valdés y un poeta recién descubierto, Zaida del Río y Javier Guerra. A eso podríamos llamarle vivir. De ese olor, también, pueden llenársele al lector las manos.