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sábado, 27 de febrero de 2010

ENRIQUE UBIETA: UN “VIVO” INÚTIL

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Al perpetrar su más reciente canallada, Zapata: ¿un muerto útil?, por escrito y con alevoso desconocimiento de todo signo de humana decencia, Enrique Ubieta Gómez, sobrepasa la línea de no regreso. “La absoluta carencia de mártires que padece la contrarrevolución cubana, es proporcional a su falta de escrúpulos”, se apura a escribir este cipayo, y supongo que llama “la contrarrevolución cubana” a todos los que no reconocemos obediencia o autoridad a sus amos.
Yo, uno de ellos, entre los muchos que decidimos vivir fuera de su feudo y que no necesitamos mártires para sustentar nuestra palabra o nuestras acciones, podría recordarle la larga lista de muertos que son el único patrimonio de la dictadura. Pero cuando un hombre decide convertirse en el “limpia peceras” de un dictador, en la miserable servilleta de las babas del poder, desciende en la escala evolutiva al sitio en que los carroñeros limpian el terreno donde la fiera ha devorado a su víctima, de los despojos que excedieron su hambre. ¿Cómo hablarle a una hiena? ¿Qué discutir con un buitre?
Cuando alguien decide mentir y la víctima de sus calumnias es un muerto, un hombre que ha escogido morir antes que ser vejado y humillado, está inaugurando en su pecho una catedral para la sumisión y a ella ha de rendirle culto el resto de su vida. El esclavo que hay en él nunca más levantará la cabeza.
Ubieta, con este artículo, se ha sentado cómodamente en la sala de la infamia, entre dos chacales sonrientes, los hermanos Lorenzo Alberto y Francisco Pérez Pérez, pilotos del MiG 21 que derribó una avioneta de Hermanos al Rescate el 24 de Febrero de 1996. La sala está llena: hay artistas, políticos, jueces, militares, torturadores, un hombre corpulento -que recuerdo de algún video con un pullover de la brigada “Blas Roca” y una cabilla en la mano-, carceleros y diplomáticos.
Unos asientos a la derecha están Lagarde y Pedro de la Hoz conversando animadamente. En un rincón, tomando meditabundo su “whisky en las rocas”, está Juan Escalona charco de sangre. Entre los militares es broma usual decir que en ese mismo asiento se sentaba Ochoa, pero tomaba ron. Cerca de la puerta Silvio rasga abstraído una guitarra, que tienen allí para cuando viene por si se le ocurre una canción. Cuentan que se molestó mucho porque le dijeron que Amaury Pérez la tocaba a veces. Algunos se preguntan cómo llegaron hasta allí, cómo les dio para tanto su cobardía; pero han mentido de tal modo que ya no saben ser sinceros ni cuando intentan recordar.
Ubieta todavía no piensa en eso. Aunque ya tiene un abultado expediente de servicio, recién ha descendido a los sótanos de la revolución, recién ha hecho meritos sustanciales. Firmar una cartica apoyando el fusilamiento de unos pobres negros que intentaban escapar del paraíso (“en un país sin muertes extrajudiciales”, acota Ubieta casi sardónico), es cosa de poca monta, para Leo Brouwer, Abelardo Estorino, Roberto Fabelo, Pablo Armando Fernández, Nancy Morejón, Senel Paz, Omara Portuondo, Chucho Valdés, y otros revolucionarios “tibios”, poco convincentes.
Para descender a este sitio hay que bailar sobre los despojos de una víctima, ofender y vejar a una madre quebrada por el dolor. En fin, ser un “vivo”, útil para la dictadura por ahora, pero muerto definitivamente para el espíritu de la nación.
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Caricatura: Lauzán.
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