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lunes, 30 de enero de 2012

CAÍDA DE BABILONIA (y otros poemas) / Bertha Caluff



CAÍDA DE BABILONIA

                         Luz de lámpara no alumbrará más en ti,
                   ni voz de esposo y esposa se oirá más en ti.
                                       Ap 18, 23.

Nada se oirá más en ti
sino el eco en las ruinas.
Tus fuertes puertas,
tus murallas de adobe,
tus palacios.
El diluvio se ha cerrado sobre ellos
y es el fin.
En vano acudiremos a los templos,
a las inútiles súplicas.
Pero yo rezaré a Ishtar,
en vano llore
ante lo que tan caro nos fuera.


Cómo seguir navegando
en días tan tristes
si el recuerdo
de lo que fuera Babilonia
nos persigue.
Nuestras manos sostuvieron la argamasa,
nuestras espaldas
las privaciones de la fundación.


«Nada se oirá más en ti»,
repiten los toros alados.
Y cómo criaré a mis hijos
si el diluvio arrasará.


Cómo me levantaré
ante esta pérdida.




ESPEJISMO DE LA CAÍDA


¿Es que realmente
habrá caído la ciudad?
Hacia el norte cabalguemos,
contemplémosla desde allí.
Sea tal vez un espejismo,
un falso presagio de muerte.


No puedo creer que sucumbirá Babilonia,
que no quede en ella
ni luz de lámpara
ni palmera
a la que recostarse.
Huyamos,
tal vez así olvidemos
y se disipe
el infortunio imaginario.


Volemos,
divisemos sus torres,
formemos un ejército para defenderla
si su muerte
de los vivos aún depende.


Ay de sus valles solazables,
de sus ríos anchurosos,
de sus magníficos campos.
Aguas clamorosas que en todas direcciones
repartían las gracias de Ishtar.


No hubo reposo entre piedra y piedra
levantando sus paredes.


Pero aquí nacieron nuestros hijos,
en las escasas horas de la felicidad.




¿QUÉ CIUDAD ES SEMEJANTE A ESTA GRAN CIUDAD?


¿Qué ciudad es semejante
a esta gran ciudad?
La piedra de molino ha sido arrojada.
Zozobran las barcas
y los pescadores
pierden sus riquezas.
En una hora han sido consumidas
tantas riquezas,
cuanto pudiéramos imaginar.
Es el fuego quien devasta,
el mismo que antes
nos regocijara.
Llega el miedo de decir
lo que se piensa
y a las palabras temo
como a la misma muerte.


Esta ciudad parecía sin par,
cómo hallar una semejante.
Ángel, poderoso ángel,
castigas a la ciudad por sus hechicerías.
Y yo me duelo de mí,
torpe, sin valor,
cansada
de huir de los misterios.
ni luz de lámpara
¿Cómo podrán salvarse los esposos
de no serlo más,
si está anunciada la destrucción
en la hora de la justicia?


El oro, la plata, el marfil,
los frutos codiciados por tu alma
huirán en breve tiempo
como si la culpa
sobre nuestras cabezas pesara.
Nada puede brillar por su valor
si no se salvan.


No ha quedado
ni luz de lámpara
que ampare la casa y la ciudad.
Este es el precio del que funda,
de quien todo sacrifica.
.

domingo, 16 de agosto de 2009

LAS MUJERES DE MI GENERACIÓN

.

(arriba) Teresa Melo, Sonia Díaz, Rita Martín y Liutmila Quincoses.
(abajo)
María Elena Hernández, Odette Alonso, Bertha Caluff y Damaris Calderon.
Suerte ingrata,
para colmo de mis males,
me quedo con diez reales
y una mujer literata.

...........José María Gutiérrez de Alba

...........(Una Mujer Literata, 1850)
Hace algún tiempo pensaba tocar este tema. Hoy decidí hacerlo estimulado por una conversación reciente con Rosie Inguanzo y la salida de la novela Espejo de tres cuerpos de Odette Alonso, que ha propiciado una lúcida nota de Félix Luis Viera y un sustancioso debate en Parque del Ajedrez. De la escritora española Emilia Pardo Bazan se decía: “es mucho hombre esta mujer", frase que también se cita frecuentemente atribuyéndola a José Martí “en honor” de Gertrudis Gómez de Avellaneda y que motivara el conocido poema Triste oficio de Marilyn Bobes, que fue bandera de los cándidos avatares feministas cubanos de los años setenta:
.Poetisas, dijeron. Serán tibias y falsas y pequeñas.
Aunque seres livianos, no tomarán altura porque son imperfectas.
Pero si alguna toca en la palabra,
como el burro en la flauta,
postulemos que es mucho hombre esa mujer
y no que es mucha mujer un ser humano.
Y pensemos después como callarla.

Como vemos, el tema de la discriminación por el género tiene una larga data en nuestra literatura, y se hace más rico y complejo con la irrupción del tema gay o lésbico. Es cierto que el prejuicio con la literatura escrita por mujeres era muy arraigado en el contexto cubano y fue potenciado por los patrones machistas de la cúpula gobernante cubana. En los inicios de los ochenta, al referirse a algunas escritoras de mi generación a las cuales no era posible negar por su evidente calidad y madurez expresiva, era usual escuchar: “escribe como un hombre”; pero nosotros crecimos como escritores en medio de una tensión en que el tema estético logró soterrar y hacer retroceder a un plano secundario el tema de género.
Tener a Odette Alonso, Teresa Melo, Sonia Díaz Corrales, Bertha Caluff, Rita Martín, Damaris Calderon, María Elena Hernández o a Liutmila Quincoses a nuestro lado (no un paso más atrás) era, además de un placer y un honor, una garantía de que había literatura con que sustentar nuestras propuestas estéticas. Lo que si es una gran verdad es que, aunque algunas de ellas fueron muy precoces (como el caso de Damaris o Teresa) y protagonizaron los primeros encontronazos con la estética oficial, nunca fueron tantos los nombres femeninos como hubiésemos querido, por lo que es natural que los nombres masculinos ocuparan un mayor lugar, lo cual no es sinónimo de privilegio, importancia o prueba de segregación.
Las mujeres de mi generación, justo es que lo digamos, fueron siempre “muy poetas” (lo de poetisas sí me parece ridículo), muy honestas y merecedoras de lo que lograron con su talento y de muchas otras cosas que merecían y les fueron negadas. Cada una, en su particular modo, aportan puntos de vista esenciales, que la mayoría de los hombres no acertamos a distinguir. Que yo lo diga no pasa de ser un gesto personal que no añade nada a sus obras, y que me gustaría completar con un texto de cada una, sin los cuales mis palabras valen nada.

1
Sonia Díaz es una de las mujeres poetas que más me gusta de mi generación (y de toda la poesía cubana) Hay en ella una especial sensibilidad que le permite cuestionarse todo acto y uno se siente incluido, tentado por el autoexamen. En su poesía hay una fluidez en el lenguaje que nos incluye porque pareciera que traduce el fluir de nuestros pensamientos, de nuestras preocupaciones éticas.

APOLOGÍA DE LA NADA
Amo los caballos cuando van veloces hacia la nada
amo el mar cuando llega a la nada de la arena.
De los caballos amo su altivez
la brillante sagacidad del ojo
del mar amo como envuelve a la arena
y le deja esa huella lisa y fugaz
en ambos el leve temblor de lo imperecedero
ese instante en que saltan los recios músculos
ese mínimo instante en que el agua salta sobre el agua
y tiemblan ambos
porque saben
yo lo sé
que van hacia la nada
y aún asíno se detienen.SEIS HORAS DE DIFERENCIA
Son las diez de la mañana
y del otro lado del mundo duermen
estas seis horas de diferencia
de atraso
de disminución
de franca desesperanza
aún en los relojes.
Son las diez de la mañana
y alguienme ha recordado de modo despectivo
que aunque despierte seis horas antes
en realidad sigo siendo de allá
del otro lado del mundo.

2
Nunca he leído un texto de Teresa Melo que me resulte ajeno. Su discurso resultaba sorprendente en los ochenta por su solidez, sus conexiones con la realidad inmediata y su propensión a la especulación que incluía una muy personal voluntad de trascender lo anecdótico en beneficio de generalizaciones de corte existencial. Su poesía sigue siendo, como se aprecia en este poema, muy especulativa y siempre convincente.

ANÄIS / ANÄIS / ANÄIS

Para la ocasión en que el cigarrillo avanza y
quema, Opium / Saint Laurent. Para el momento
de la suplicante, arrodillada en el cuerpo
interior, balante, atropellándose: algún
Habíbi dulce que la salve dulce que la salve.
En el lugar de los actores, marionetas movidas
Para mí, voyeur de fuerza, uno que pueda
Persistir sin consecuencia, uno que no derive:
Fresa Gel de Fresa. A la estación segura
en la que se cobija y espera y se musica, se
inciensa y mezcla con hielo y ginger ale: Amarige
de Givenchi. Para el tejido blanco y tokonomas
unos todos a la mar, el puente
fabricándose, engavetado el dolor / pain / dolor,
y yo que todo lo armo con fe en la
permanencia de la fragilidad, esa dispersión
fuera sólo Eternity. Fundido y olfateante por la
calle de Cuba, por el hilo en relieve que es
Cuba, para el marinero que se acoda solísimo
en la barra, tragando cerveza, espuma
envanecida se devora y es Cuba: podría ser Savage.
Agotado todos los olores: lo que pudiera ser la
hora violeta o la mar: esenciales Violetas:
avanzar y quemar, balante, atropellándose, uno
que no derive, espera y se musica, el puente
fabricándose, se devora y es Cuba: el Olor que las
revistas ya no pueden mostrarnos.
.
3
Apenas yo escribía mis primeros versos y ya Damaris Calderón era conocida, niña precoz, por una poesía dramática y con una voluntad de subvertir que asombraba a todos. Cada texto suyo que aparecía en revistas era motivo de admiración y prueba de su sensibilidad y madurez inusual. Sigue siendo ineludible.
SÍLABAS. ECCE HOMO
Hablar del pájaro parlante
parlanchín posado en una rama
cantando (como dina Juan Luis Martínez)
en pajarístico. Y el hombre es una lápida
un cuarto oscuro, una silla vacíay una lámpara.
El que se aproxima a la lámpara
puede encontrar una salida (o la ilusión de una salida).
¿Hay salida posible hacia afuera
o toda salida es hacia dentro,
hacia el reino de la raíz?
Hundirse como Virginia Woolf
con los bolsillos llenos de piedras en el río.
He ahí la verdadera ganancia.
Lo que no alcanzan los nadadores de superficie.
El optimismo es una bandera a media astapero ostentada con júbilo.
Un consuelo o un autoconsuelo:
"Yo me levanté de mi cadáver y fui en busca de mí misma".
Como el cirujano corta,
las sílabas se parten.
Carne de la escisión,
escisión de la carne.
Un pájaro vino con la cabeza vendada
una esquirla de la tercera guerra mundial
Apollinaire cantando en una jaula
los tetradragmas de oro de Ezra Pound.
Como la liebre en el soto,
la palabra en el lenguaje.
La angustia salta el perímetro
y echa a correr por las azoteas.

4
A Bertha Caluff la recuerdo en casi todos los momentos más importantes de los años ochenta. En los primeros años universitarios, introvertida y expectante. Después, ecuánime y reflexiva. Además de su poesía, como ella, sosegada e inteligente, aportaba siempre una alternativa moderada pero firme. Nadie exigió nunca con mayor fuerza y convicción un lugar respetuoso para lo que escribíamos.

LLUVIA Y GRANIZADA

Llueve y cae granizada.
Para mal o para bien,
es el misterio
de la congelación del agua
en el espacio
poblado por Dios.
Hacia el hombre llueve en trozos
de hielo coruscante.

Acribillan mi puerta,
ya no hay orden
y no tengo paciencia para verlo.

Todo se moja, falta sitio
en la sequedad del silencio
que se acaba de romper.

5
Mi reencuentro con Rita Martin, veinte años después, confirmó la impresión que me causaron sus textos en los ochenta. La muchacha tímida pero extremadamente sensible y poseedora ya de una estructurada idea de la poesía, es hoy una intelectual de sólida formación académica, cuya obra poética se consolida y decanta en cada libro.
ENTRE LA EPILEPSIA Y LAS PALABRAS..................................................Karamazov, KaramazovCómo recordar, Kolia, que aquella vez
Todos estábamos unidos. Ante qué paisaje
Que no puedo nombrar sin que la mano tiemble:
Ante qué o quiénes dentro del círculo
Que arrojaba a la tierra al más débil, al más pequeño,
Al muerto que nos hacía bien.
Los hermanos, Kolia, el alcohol
Del padre y la pedrada. Luego el llanto.
Pero las manos, Kolia, las manos
Unidas en ese instante. Cómo recordar
Que no existió el instante
En que estábamos unidos: Sólo el sueño,
El deseo de que sucediera algo noble y hermoso
Ante la tumba hizo que él escribiera tal final.
Sólo su anhelo de resurrección. Sólo el anhelo
Rompiéndose en una habitación
Entre la muerte, la epilepsia y las palabras.

6
En Odette Alonso la coherencia pareciera ser el común denominador de toda su obra. La vitalidad y el cinetismo que trasmite su febril relación con la literatura contrasta con la lucidez y trasparencia de su pensamiento, pero su obra está presidida por una obsesión ética que signa su actitud ante el leguaje, ante el acto comunicativo que sirve de pretexto para exorcizar sus conflictos emocionales y recrear una y otra ves un modelo virtual de la existencia.
EL ESPEJO ROTO
Cuando se abrió la puerta
el espejo cayó al suelo
y se astilló en mil pedazos.
Ella los vio
eran el vidrio ámbar y la pálida silueta
en una fiesta de fuegos inventados.
Una página en blanco se teñía de grises
y un ángel asomaba su cara de demonio.
Cuando cerró la puerta
se hundió la noche en una desmemoria
que no acabará nunca.

7
Compartí el premio David con María Elena Hernández a finales de los ochenta pero nunca tuvimos ocasión de celebrarlo. Le había conocido y escuchado leer varias veces en Matanzas y asombraba su seguridad y convicción. Textos que rezumaban angustia, áridos y en algún modo de un desamparo desafiante. Su poesía se ha ido desprendiendo de ese espíritu inquietante para tornarse sutil en el uso de la imagen y ha anclado sus versos en un tono lirico, que por momentos se hace propicio para la confidencia y la complicidad.
.AMNESIA

Abrió la reja y se quedó en la yerba.
La primavera vestía íconos rojos.
Abrió la reja al atardecer, como si nada.
Del otro lado alguien gritaba algo sucio entre los pinos.
Duele la infección de la primavera en las tráqueas,
el vacío, la náusea, el polen que se deposita en los ojos.
Como una mariposa tirada en la plaza sueño
mientras me sacan la astilla.
No es una mariposa esto que mordisquea.
No es una corriente de carne silenciosa.
Por un pasillo, en la yerba patas arriba.
Creo haber jugado de niña con levines.
Pero a la primavera no le he visto nunca la cara.

8
Liudmila Quincoses es la única poeta de las que hablo acá que no conozco personalmente. Su primer libro no fue “un libro raro” para mi pues había leído algunos textos sueltos y ya le valoraba. Es, junto a Norge Espinoza, Juan Carlos Vals, Manuel Sosa y Jesús D. Curbelo una de las mejores voces de los más jóvenes autores de la generación de los ochenta. En los entretelones de una poesía rica en matices en cierto modo escenográficos, se puede apreciar una sensibilidad gustosa de la elucubración espiritual, en la cual trasparenta una autentica sensibilidad.

ARCOS SOBRE EL RÍO
Me dan miedo esos arcos de piedra que un día se derrumbarán,
arcos perfectos y misteriosos,
hechos para ser contemplados desde una barca,
en pleno río.
La profundidad del remolino hace ver las márgenes
de otra manera.
Me dan miedo los ahogados
que descansan en los cimientos del puente
esperando que mi barca pase.
Siento sus dulces palabras en mis oídos,
veo sus cuerpos traslúcidos.
Abandono esos arcos, vuelvo a la orilla.
Pero no dejo de sentir esas palabras,
no puedo dejar de ver esas manos,
agitadas en señal de despedida, o de reclamo.SONIA DÍAZ CORRALES: (Cabaiguán, Sancti Spíritu, 1964). Poeta. Miembro de la UNEAC. En 1997 publicó la plaquette Diario del grumete por Sed de Belleza y el Taller Editorial Vigía. Su libro Minotauro (Ed. Letras Cubanas) se presentó en la Feria Internacional de Libro de La Habana en febrero de 1998. Ha publicado además los poemarios Sierva de la reina y La hija del reo, y la novela Autopista Nacional. Reside en Canarias, España.

TERESA MELO: (Santiago de Cuba - 1961), Poeta y editora. Es graduada de Filosofía por la Universidad de La Habana. Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Ha publicado los poemarios: Libro de Estefanía (Ediciones Caserón, 1990) El vino del error (Ediciones Unión, 1998) - Premio de la Crítica 1999. Yo no quería ser reina (Ediciones Santiago, 2001). El mundo de Daniela –poesía para niños– (Centro de Ediciones de Málaga, España, 2002; Ediciones Cauce, 2006). Las altas horas (Ed. Letras Cubanas, 2003) - Premio Nacional Nicolás Guillén 2003 y Premio de la Crítica 2004. También ha publicado las plaquettes: Los poemas de Estefanía (Ediciones Vigía, Matanzas, 1988); El tiempo sólo engaña a los suicidas (Ediciones Hoguera Roja, AHS, Santiago de Cuba, 1989); Respirar en la oscuridad (Eds Vigía, 2005).

DAMARIS CALDERÓN: (1967) Poeta y crítico de arte. Ha publicado entre otros los libros de poesía : Con el terror del equilibrista (1987), Duras aguas del trópico (1992), Guijarros (1994), Duro de Roer (1999). Sílabas Ecce Homo mereció en Chile el premio de la Revista de Libros de El Mercurio, en 1999, y ya fue editado en dicho país al igual que en Cuba por letras cubanas en el 2001.

BERTHA CALUFF PAGÉS: Filóloga, graduada en la Universidad de La Habana. Ha publicado “Casa de Sabra” (1989), Cumpleaños del pato (Ediciones Vigía, 1990), Tiranía del mito (Sed de Belleza Editores, 1994), Imagen tras la imagen (Sed de Belleza Editores, 2000) y El vigoroso trazado (Editorial Capiro, 2008). Poemas suyos aparecen en antologías, así como en revistas cubanas y extranjeras. Es autora de las selecciones poéticas Ellos pisan el césped (Ediciones Vigía, 1988) y La Non Erótica, de la obra de Carilda Oliver Labra.

RITA MARTÍN: Se licenció en Filología en la Universidad de La Habana en 1986. Años más tarde, obtuvo un máster en Estudios Latinoamericanos en la Universidad Atlántica de Florida, y el doctorado en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Ha publicado los poemarios El cuerpo de su ausencia (Letras Cubanas, 1991), Estación en el mar (Ediciones Extramuros, 1992) y Tocada por el astro (La Torre de Papel, 2006). En el año 2000, Ediciones Universal publicó su Edición Homenaje a Eugenio Florit, junto a Ana Rosa Núñez y Lesbia Varona, y tres años más tarde su libro de relatos Sin perro y sin Penélope (Ediciones Universal, 2003).

ODETTE ALONSO: Poeta y narradora cubana nacida en Santiago de Cuba en 1964. Obtuvo su Licenciatura en Filología por la Universidad de Oriente, Cuba, y luego viajó por varios países de América radicándose definitivamente en México desde 1992. Ha publicado: Criterios al pie de la obra (1988), Enigma de la sed (1989), Historias para el desayuno (1989), Palabra del que vuelve (1996), Linternas (1997), Onírica, última función (1999), Insomnios en la noche del espejo (1999), Visiones (2000), Antología cósmica (2001), Cuando la lluvia cesa (2002), Diario del caminante (2003), Cuando la lluvia cesa (2003), El levísimo ruido de sus pasos (2006) y Espejo de tres cuerpos (2009). Actualmente es editora de la Dirección de Publicaciones de la UNAM.

MARÍA ELENA HERNÁNDEZ CABALLERO: La Habana, Cuba, 1967. Publicó el libro de poemas Donde se dice que el mundo es una esfera que Dios hace girar sobre un pingüino ebrio, con el que obtiene el Premio David de poesía, otorgado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en 1987, Elogio de la Sal, Editorial Cuarto Propio, Chile y Electroshock-Palabras, Ediciones La Bohemia, en Buenos Aires. Ha sido antologada en numerosas muestras de poesía cubana, tanto en el país como en el extranjero. En 1994 emigra a Santiago de Chile, donde dirige, junto a la poeta cubana Damaris Calderón, la editorial Las Dos Fridas. Reside actualmente en Buenos Aires.

LIUDMILA QUINCOSES: (Sancti Spíritus, 1975). Licenciada en Educación en la especialidad de Español y Literatura. Es miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, y de la Asociación Hermanos Saíz. Ha publicado los poemarios: Un libro raro (1995), En el último sendero el iniciado piensa (1996), Los territorios de la Muerte (2001), Poemas en el último sendero (2002), Plaza de Jesús (2005) y Poemas de los viajes, (2006)
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jueves, 12 de marzo de 2009

EL VIGOROSO TRAZADO DE BERTHA CALUFF

Por Arnaldo L. Toledo

.......................................Así descubro
.......................................los indescriptibles parajes
.......................................del Estrecho Sendero.
.............................................(Del Estrecho Sendero)

Nos vamos acomodando insensiblemente a tanto poema balanceado, pulido y desmedulado; tanta letra ornada pero de escaso trasfondo…, que un libro intenso y esencial como este nos toma de sorpresa. No es una excepción en la trayectoria de la autora, que ha sabido defender y mantener su original visión y modos expresivos y recoger los a veces amargos resultados de apartarse de las modas. Toda su poesía publicada ha ido como acercándose gradualmente a la nitidez de los textos que integran este volumen [1]. No he podido hallarle parentesco en la amplísima y diversa producción poética cubana contemporánea, aunque tal vez alguno quiera adjudicarle la etiqueta del minimalismo de retorno que viene asomándose como alternativa a la frondosidad a veces viciosa de nuestra poesía. Buscarle antecedentes nos remontaría a la primitiva lírica popular castellana, al sin par San Juan de la Cruz, a Santa Teresa, a Unamuno, al último Juan Ramón Jiménez, a los ejercicios hispanoamericanos con los haikús … Pero cualquiera que sea el acercamiento que como lectores más o menos enterados hagamos, el título que comentamos permanece firme en su originalidad.
Es un conjunto de notable extensión, sin ser una recopilación de obras ya publicadas por la autora, como es costumbre. Está compuesto por seis cuadernos, o tal vez sería más justo decir: seis partes, pues lejos de fragmentarlo, éstas refuerzan su absoluta unidad. No es que sostengamos que toda compilación de poesía deba someterse a la disciplina del registro homogéneo; es que en este caso esa cualidad responde a su crucial estrategia de significación. Creo que este es un libro para ser leído como totalidad, que sólo puede ofrecer su más entrañable sentido cuando lo recorremos en la dirección del tiempo de la vida: como vigoroso trazado, como destino o voluntad de Dios…, donde la criatura humana pone a prueba su fe y alcanza la gracia. Su trabada coherencia se asienta en igual medida tanto en sus singulares cualidades de expresión como en las de significado. Una sostenida, tensa, audaz sobriedad ––riesgosa en una obra tan extensa–– y un orden de los textos y las partes que van como recorriendo la parábola de una historia insinuada, una suerte de novela omitida: el trayecto de una dolorosa, sufriente búsqueda de alivio, de consuelo, de acompañamiento, que sólo puede ofrecer el Dios del cristianismo… Toda la extensa serie de textos se deja leer como un minucioso registro, como una grave y grávida sucesión de los testimonios que han sido dictados por una difícil travesía espiritual. La fuerte impresión de autenticidad que producen se afianza en la resistencia que oponen a la tentación de incurrir en lo “literario” o lo “poético” aceptados sin dificultad; los textos de Bertha son más rigurosamente literarios cuanto más parecen elegir una expresión que defrauda la complacencia, la grandilocuencia, la suficiencia de los discursos que inundan toda la superficie y ahogan las voces diversas que querrían hacerse escuchar desde las lecturas.
La primera parte –Las pérdidas– nos coloca en el campo de significación dominante –la religiosidad cristiana y la caída– mediante un conjunto de poemas en que las historias bíblicas son referidas directamente. En cuanto a la dinámica interna de todo el poemario, el tema introducido por el primer texto –“Caída de Babilonia”– posee un largo alcance. La caída se extiende al mundo (es el fin de los días, es el castigo de fuego y azufre), pero concierne a la realidad inmediata, a nuestro ámbito familiar, (“Pero aquí nacieron nuestros hijos, / en las escasas horas de la felicidad”), y también es la ciudad espiritual, la ciudad interior (“en vano llore / ante lo que tan caro nos fuera"). Esta múltiple dirección de los sentidos es cualidad recurrente y por tanto característica de todo el poemario. Refiere lo trascendente (Dios, Jesús) pero no podemos evitar asociaciones más inmediatas: “Los paganos cuestionando / de dónde le venía la instrucción.” (Fiesta de los tabernáculos) Obsérvese el difícil gerundio cargado de materia deleznable. O este otro fragmento: “Se iban a la fiesta Tus / desertores, / los dudosos, / los oportunistas, / los ególatras, / los de NO ES PARA TANTO, / NO PODEMOS SUFRIRLO MAS”, cuyas palabras resuenan en esa polifonía tan cargada de polémica dialogicidad con los discursos propios de realidades más inmediatamente hirientes.
La segunda parte –Olvido del dolor– es la más extensa (81 poemas) y es como el núcleo ígneo del libro. La sucesión de los breves textos va recorriendo el círculo de las horas y el calendario del dolor. La criatura que clama y apunta sus angustias, va a tumbos, tambaleante –“Y mis pies iban solos / arrastrándome” (Arrastrándome a mí)–, buscando ayuda, rogando a Dios amparo –“Yo me duermo en el letargo de las súplicas.” (Y tal parece)–, por la noche oscura del alma, por el “Estrecho sendero” (Del Estrecho Sendero) Asistimos aquí al dolor sin fondo, sin sustancia, sin cuerpo: “Todo mi sufrimiento / se resume / en este sufrimiento. / Una causa llama / a la otra causa” (La otra causa). El espacio por el que se arrastra la doliente figura está hecho de escasas referencias: es la noche, o el amanecer, una puerta, la senda, el camino, el sol, el cielo, la ermita… El paisaje vacío, casi ausente, acentúa el espesor de la soledad, la magnitud del dolor sin límites, sin causas visibles. Sólo la proximidad de Dios mantiene el hilillo del aliento, el hálito de la vida, la pureza de la inocencia. Pero la entrega a Dios es tremenda, no exenta de inmensas pruebas y sacrificios, en esa dimensión que nos evoca testimonios supremos de fe como el de Abraham, dispuesto al sacrificio de su hijo; o el de Job, a quien todo le fue quitado: “Que sea para Ti, / que nada me reserve // Tú me arrebatas lo que tengo / y lo que no tengo. (Mi Dios y mi Todo) En el diálogo que entablan los textos, el alivio puede alcanzar la enorme magnitud de la maravilla manifiesta en lo insignificante. Véase la intensidad que produce la contención: “Ayer barrí / la hojarasca de invierno / y mi alma / vivió un instante / de serenidad” (Hojarasca de invierno)
La sección tercera –Tú trazas el puente– (“Tú trazas el puente/ y yo cruzo el pantano") es el conquistado remanso, es una estadía de modesta e intensa dicha, ya prefigurada en la recién citada Hojarasca de invierno, de la sección precedente. El título sugiere con claridad el tránsito a un nuevo momento de la travesía. Se recogen fugaces instantes de dicha sencilla y se suceden algunos poemas de temática amorosa, igualmente muy contenidos y por ello de imprevisibles, secretas resonancias: “En mi cocina aún, / en sitio incómodo, /el banquillo permanece / fiel al peso / de tu cuerpo.” (En sitio incómodo).
El resplandor de los santoscuarta sección– tiene un precedente en el bello libro Imagen tras la Imagen (Premio y edición Sed de Belleza, 2000). Contiene diálogos con figuras sacras, humildes personajes, líneas devotas… Pero lo que me parece especialmente conmovedor y trascendente son los brevísimos intercambios con San Francisco de Assís, santo y poeta que cuenta con justificadas simpatías de la poetisa. No me resisto a reproducir el brevísimo y tremendo texto: “Con tu glorioso sayal / de la pobreza / desde mi infancia / me esperabas” (Desde mi infancia); o este otro, titulado Amado Francisco: “Las tablas del techo, / carcomidas / se caen. / El piso se raja y se hunde, / amado Francisco” En la poética que se va enunciando desde la elocuencia de la brevedad justa y del silencio donde los lectores se abocan a un abismo de significaciones, no se está afirmando una conformidad sino una jerarquía superior del espíritu. El ser sufriente ha conquistado una estatura, y en las páginas que siguen, el equilibrio con el mundo y aun la dicha.
La quinta parte, titulada Como la naturaleza… representa ya al sujeto lírico salido del anonadamiento del dolor, restablecida la facultad de reintegrarse al universo, apto para interactuar con la creación toda, comprender la grandeza divina en la maravilla de su obra. Capacidad para reparar en pequeños sucesos, milagros cotidianos, la naturaleza próxima, familiar, las sabandijas y animalillos del patio, las plantas comunes, la lluvia, las flores… Toda una larga lista de humildes seres casi olvidados por su modesta condición. “Adivino que llegó la primavera / por la lluvia que cayó / el desentono alegre de las ranas / y el ululú de los niños en la noche / tras las luciérnagas” (Adivino que llegó la primavera). También el misterio de la voluntad de Dios se le revela en señales casi imperceptibles: “El árbol trina como un pájaro / cuando el aire lo doblega. / Así tiene que hacer el hombre, / Dios mío, / cuando le impones / Tu Santa Voluntad.” (El trino del árbol). Ya estamos en condiciones de comprender cómo se ha alcanzado la felicidad.
Exactamente, así se titula la última parte: La extraña felicidad. El título está cargado de insinuaciones y resonancias indetenibles. Es claro que supone otra noción de felicidad, diferente a la que circula habitualmente en el entorno del lector y del poeta. ”Mi felicidad es ese árbol / que contemplo extasiada / no sé por qué.” (Mi felicidad) Y en lo más particular, reafirmación de fidelidad a la dicha de la comunión con Dios: “Qué extraña felicidad me asalta. / Sólo el deseo de amarte / en mi felicidad. // Amarte / y estar a Tus pies.” (La extraña felicidad). El cabal equilibrio en la fe –el “Hágase Tu voluntad”, el “vigoroso trazado”–; el entender no entendiendo de San Juan de la Cruz: “He renacido / en el misterio. / He descubierto / el centro desde allí / acercándome a donde habitas.” (Redescubriendo el misterio).
Se ha cumplido un proceso del espíritu en su totalidad –de principio a fin–; hemos acompañado a la figura poemática a lo largo de la intensa ruta, padeciendo el absoluto sufrimiento y renaciendo en el goce de las obras y el amor divinos. La magnitud de estas experiencias se acentúa –aunque de momento pueda parecer paradójico– en la medida en que el poeta ha decidido y logrado trasmitirla mediante una palabra aparentemente insuficiente. El evidente contraste provoca no la impresión de una pobreza, sino la de una expresión que queda como reservándose la inmensidad, siempre por debajo de la grandiosidad de lo nombrado. Insuficiencia ficticia y no práctica; recurso poético totalmente legítimo y eficaz. Se asienta en el rigor de la selección del léxico, en la sintaxis y en la segmentación de alto valor semántico. Las breves líneas rozan a veces la rispidez, la expresión parca casi en exceso; juegan a bordear los peligrosos despeñaderos por donde el lenguaje se desploma incapaz, pero acaban siempre salvándose, afirmando la elocuencia de la brevedad, de los silencios, de las elipsis, y el misterio de lo que se ha callado, la fuerza irradiadora de lo no dicho.
Estos poemas y el orden en que han sido colocados –y las breves y alteradas sinuosidades por las que van descendiendo los versos estrictos y sin concesiones ni al facilismo ni a lo sentimental–, reclaman un lector capaz, no tanto porque ejerza una información vasta, sino sobre todo porque se encuentre en disposición de un diálogo sincero, emancipado de prejuicios literarios y realmente abierto a la real comprensión del otro, lo que equivale a decir, de sí mismo.
.............................................................Santa Clara, 27 de febrero de 2009.
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[1] Bertha Caluff: El vigoroso trazado, Editorial Capiro, Santa Clara, 2008, 237 pp.