jueves, 30 de octubre de 2008

EL ENCARGO DE UNA DAGA

El gremio de los orfebres siempre ha sido muy competitivo. En él han destacado muchos por el brillo de su talento, que en algunas ocasiones llega a eclipsar hasta el brillo de sus obras más exquisitas. Otros, sin tantas dotes, se han hecho diestros en alianzas y han logrado hacerse notar por los que reinan, estando en el sitio justo y cincelando la oportunidad para sacarle sus mejores aristas como si de dulce plata se tratase.
Los primeros, han logrado hacerse de una pequeña clientela, cuya única fidelidad se manifiesta en el culto a la transparencia de las gemas, la perfección y novedad de su corte, la delicadeza de los engarces y el respeto por el alma noble de los metales preciosos y la pureza de sus aleaciones. Tienen un pequeño taller, alejado de los mercados del centro, junto al rio o con amplios ventanales a los prados del oeste, donde viven con su familia y, junto a dos o tres aprendices que le llaman padre con respeto, esperan a los mercaderes que al anochecer se acercan a mostrarle las piedras que otros han rechazado. No supieron ver la luz que en ellas duerme y pretendieron comprarlas a precio de guijarros. Nunca serán ricos en demasía ni pasearan los salones de moda, más que en los dedos de una refinada dama, el pecho apetecido de una joven o la empuñadura de la espada de un noble, conocedor de las artes veneradas por sus antepasados.
Su taller no producirá más que obras únicas, irrepetibles: llegan al crisol con la impronta del caballero o dama que ha de llevarlas. El maestro escoge el metal y las gemas que han de expresar con más transparencia y fidelidad la devoción, regocijo o el pesar de su futuro dueño. Las arcas pueden estar vacías y rechazará los encargos de burdos cortesanos o barrigudos y groseros burgueses, que traen su balanza para valorar las joya que piensan adquirir por el peso bruto del metal en ellas invertido. En la cámara, una hora cada día, el maestro conversa con las piedras en bruto que ha ido comprando durante toda una vida y les promete y un fino corte y un dueño que sepa apreciar sus luces. Cada pieza salida de sus manos pregona, con el respeto que sólo puede proveer la singularidad, el nombre del maestro, sin que halla tenido este que grabar sus iníciales en alguna parte no visible.
Los segundos, que a los ojos de todos son los primeros, tienen una enorme clientela que compra brillo por onzas. Pagan haciendo rodar las monedas de oro sobre la dignidad de los empleados, innúmeros, de su enorme local; taller y comercio que ocupa toda la esquina mejor iluminada de la plaza central, opuesta a la catedral. Los domingos, concluida la autoflagelación ante la castrante presencia divina, los clientes pavonean sus barrigas o sus encorsetados bustos hasta sus vidrieras, para sanar sus adoloridas rodillas, regalándose un pesado brazalete del más vulgar oro, fundido y cincelado por un torpe aprendiz. Estos orfebres de la imagen son ricos hasta la saciedad, se pasean en los salones cargados de joyas que han comprado a otros discretamente (y que a veces se ven obligados reproducir burdamente, ante la insistencia de una dama, gorda a ojos vista y de famélicas virtudes) e invierten enormes esfuerzos y dineros en estar cerca del poder, cualquiera que este sea, pero sobre todo del que se ejerce desde el podio que erige el oro. Compran oro y plata sin mirar su pureza o funden monedas, gastadas por el vulgar trasiego en oscuras transacciones. Irrespetan la nobleza de la gemas, compradas al por mayor, y las hacen cortar a conveniencia por artesanos inhábiles que matan su luz natural, convirtiéndolas en múltiples destellos vacíos y sin valor. Las piezas deberán llevar grabado su nombre en el sitio, donde sin obstaculizar mucho el diseño, sea imposible obviar su presencia. Cada noche, el orfebre, al que todos sus empleados llaman señor, contabiliza cada una de las piezas, ayudado de dos escribanos; pesa el material no utilizado y despide a todos, después de hacerles vaciar sus bolsillos y aflojar los pliegues de sus vestiduras. Su orgullo es haber reproducido para el duque la espada del último rey de los carolingios.
Por todo el mercado, abren y cierran negocios una multitud de embaucadores que logran robarse unos a otro algún cliente. Son aprendices, que luego de barrer los talleres de todos los orfebres establecidos y robar a sus amos o acumular oro de cernir cada noche el polvo de las mesas y el piso, deciden abrir su taller y aplicar los conocimientos aprendidos, mirando sobre el hombro de los orfebres. Se leen de corrido las memorias de Bembenuto de Cellini, compran un lote de joyas a una familia arruinada para llenar sus vidrieras y con herramientas de segunda mano y dos aprendices echados de otro taller, comienzan una efímera aventura de simulaciones y estafas. A veces, en el gremio, los más ricos orfebres luchan entre ellos por la jerarquía y el dominio del mercado y en este momento es que estos, los terceros se hacen útiles. Algunos, los más hábiles, reviven viejos lazos de vasallaje y halagan a sus antiguos patrones apoyándolos y reclutando adeptos entre todo un ejércitos de mediocres y farsantes, anhelando una migaja o usar su cercanía a los que reinan, o a los que los sirven, para cobrarse viejas deudas con enemigos que sólo existen en el imaginario de sus frustraciones. Normalmente son repudiados cuando dejan de ser útiles y viven entonces a la espera de una nueva oportunidad. En tanto, dejan correr su maledicencia en cuanto lugar alguien accede a escucharles y cuando coinciden con el destinatario de sus biliosas acciones en un sitio público, estos apenas los notan o se apartan de ellos como quien evita las insidias de un insecto.
El gremio es una invención de los que sueñan un espacio de poder. Se lo disputan, a fuerza de comprar voluntades, los que no pueden reinar por dotes nobles y dan techo a los que bregan libando sus frustraciones en la precariedad más absoluta para hacerse erigir y reinar sobre ellos. En tanto, los maestros, hoy comerán una hogaza de pan blanco y abrirán una botella de vino al final del día con sus aprendices, para festejar la piedra que adquirieron, el corte perfecto de uno de ellos (que pronto será reconocido orfebre), o el encargo de una daga para el joven hijo de un cliente, que se marchará a Paris a estudiar filosofía.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Espinelas a una daga.


Oh,estimado Heriberto,
este texto es una joya,
es un dibujo de Goya,
perfilado, bello, cierto.
El cofre que tú has abierto
para mostrarnos las gemas
(unas en bellas diademas,
otras en toscos anillos)
está hecho con martillos
de honor. Son como teoremas
que demuestran la ignominia
del poder. Amigo mío
tu pasión de escriba es río
punzante. Desde Abisinia,
Galilea, Flandes, Virginia,
"el encargo de la daga"
aceptamos. El oro haga
con tus letras alta joya.
Como un caballo de Troya
tú has puesto el dedo en la llaga.

Osmome.
31/10/08

Heriberto Hernández dijo...

Gracias, amigo Osmome.

Anónimo dijo...

Heriberto, amigo, el poeta está siempre en peligro porque lucha con las fuerzas que no conocen el freno. Porque el poeta debe buscar lo heroico y lo divino entre los hombres, y por eso ha de participar de sus miserias.
El poeta no puede, no debe querer ahorrar nada de esa felicidad cotidiana que constituye el precio, el monstruoso precio que paga por su misión. La poesía, tú lo sabes muy bien, es devoción y es valentía.
Hölderlin decía que los poetas entran con la cabeza descubierta hasta el mismo centro de la tempestad.
El poeta es un pararrayos solitario.
Gracias por tus palabras, que son del poeta para sus amigos.
Elena Tamargo

Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...
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