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domingo, 4 de marzo de 2012

LUZ EN LA PIEDRA / Vicente Echerri

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Celebrando los 25 años de la publicación de su primer libro, Project Zu organizó en Teatro Akuara una memorable lectura del poeta Vicente Echerri. Luz en la piedra fue escrito enteramente en Cuba y el manuscrito fue confiscado cuando el autor se disponía a salir del país en el año 1979. Echerri lo reprodujo de memoria a su llegada a España y en 1986 fue publicado por Editorial Oriens. Un libro difícil de encontrar cuya reedición muchos lectores agradeceríamos.
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NOCTURNO TERCERO
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.........................Para Alicia García 
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Es ya la noche.
No hay voluntad
sino en su esperma oscura,
en su betún
que corre derretido
para proliferar los escorpiones.
Es ya la noche
para el escalofrío
de arañar los cristales
y de afilar las hoces en los pisos,
para el escalofrío
del borde almidonado de las sábanas
junto a la pus del cáncer
y de los sexos rotos
sobre las losas de los necrocomios.
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Es noche de la noche,
íntima almendra de la nocturnidad,
tiempo para la castración de las cigarras
para servirle arsénico a las recién casadas
y ahogar los niños en las golosinas,
tiempo de que a los trenes
les aparezcan cuernos y tentáculos
y de que los opiómanos tatuados
presidan los oficios.
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Es ya la noche
y quiero descubrirte
bajo los árboles de la ceguera
cuando te traiga el limo por las alcantarillas
con los ojos saltados
por la tristeza
que te retuerce el cuello.
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Yo quiero descubrirte
olor de cuerpo
llanto
crispadura
extraviada camisa de ciudades,
transeúnte de la ecuación al pan
en dependencia
del zapatero y del optometrista.
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¡Qué inútiles los cantos!
El amor es estas cuatro letras
la marejada sin identificar
asunto de poemas…
Lo cierto,
el alquiler de los hoteles
el torso que descubre los caminos australes
lechos, exudaciones
esa animalidad agazapada
en las buenas maneras de clubes y teatros.
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Siento la noche en peso
como un coro de sarcásticos gnomos
como lluvia de piedra
semen original…
La oscuridad es suma de miles de millones de menudas
.........[hormigas de incansables tenazas,
escozor de ceniza
azufre
hez.
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¡Nunca amanecerá!
ni habrá paz de telares
ni inocentes ciclistas entre las alquerías.
Han hallado debajo de las camas
los cuerpos de los ángeles
mordidos de ratones,
mientras sopla sin ruido
un huracán de lóbregas resinas.
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Del poemario Luz en la piedra (Madrid, Oriens, 1986).
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domingo, 4 de diciembre de 2011

CONVERSACIONES CON VICENTE ECHERRI



Su asintonía con el arabesco y la ornamentación cuando no tiene un sustento explícitamente funcional, muy coherente con su paradigmática anglofilia, ha hecho transitar algunas de nuestras conversaciones por el camino de la inculpación. Yo, desde luego, me voy al otro extremo y donde mi amigo Vicente Echerri dice Góngora, digo yo con vehemencia Nicanor Parra, achacándoles ambos, con todos los argumentos a mano y algunos otros, los supuestos males de la poesía contemporánea. Al final, terminamos conversando de la gran poesía de todos los tiempos, en que todos coincidimos, deseando yo que vuelva más seguido por Miami./
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MANIFIESTO / Nicanor Parra
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Señoras y señores
Esta es nuestra última palabra.
-Nuestra primera y última palabra-
Los poetas bajaron del Olimpo.
.Para nuestros mayores
La poesía fue un objeto de lujo
Pero para nosotros
Es un artículo de primera necesidad:
No podemos vivir sin poesía.
.A diferencia de nuestros mayores
-Y esto lo digo con todo respeto-
Nosotros sostenemos
Que el poeta no es un alquimista
El poeta es un hombre como todos
Un albañil que construye su muro:
Un constructor de puertas y ventanas.
.Nosotros conversamos
En el lenguaje de todos los días
No creemos en signos cabalísticos.
.Además una cosa:
El poeta está ahí
Para que el árbol no crezca torcido.
.Este es nuestro mensaje.
Nosotros denunciamos al poeta demiurgo
Al poeta Barata
Al poeta Ratón de Biblioteca.
Todos estos señores
-Y esto lo digo con mucho respeto-
Deben ser procesados y juzgados
Por construir castillos en el aire
Por…
.Nota: Cortesía de Neorrabioso, donde puede leerse el texto completo)
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viernes, 17 de junio de 2011

VICENTE ECHERRI / La vigencia de Borges



“Ahora que Borges está muerto”. Con esta frase empezaba el profesor John A. Coleman un ensayo lleno de lucidez y atrevimiento en que —bajo el título de El maravilloso embaucador— abordaba el carácter lúdico, travieso y sarcástico del escritor argentino, entonces recién fallecido. La frase parecía aludir a la recomendación de “¡Muchachos, maten a Borges!” atribuida a Witold Gombrowicz (y que hoy se sabe apócrifa) como la única manera en que los escritores argentinos podían librarse de un referente insuperable.
Este martes se cumplieron 25 años de la muerte de Borges y ese referente sigue pareciendo un horizonte inalcanzable, no sólo para los escritores argentinos contemporáneos —bastante mediocres en general— sino para todos los que escriben en nuestra lengua. Borges se ha convertido en un paradigma, el patrón oro del castellano en comparación con el cual se valida una literatura: somos mejores o peores escritores en la medida en que nos acercamos o nos alejamos de sus estándares, y tanto es así que me atrevería a proponer el establecimiento de una Escala de Borges para medir el quehacer literario, una escala mensurable en milésimas; digamos, por ejemplo, que cierto novelista de fama es digno de 400 miliborges, que un conocido premio Nobel apenas si rebasa los 500, que un hacendoso “poeta”, de esos que fabrican versos como churros en uno de los tantos rincones de la hispanidad puede, a lo sumo, llegar a un 0.0010 en ese metro.
La existencia y feliz supervivencia de la obra de Borges es —y creo está llamada a ser por mucho tiempo— fuente de humillación y exaltación para todos los que escribimos en español. Humillación, porque su lectura y relectura nos releva continuamente del acto de escribir. Frente a esa escritura deslumbrante e impecable, conmovedora por su belleza intrínseca, casi todas las otras se tornan superfluas. ¿Qué podría decirse que él ya no haya dicho con insuperable maestría? Y exaltación también, porque, al mismo tiempo, esa obra suya nos reconcilia con la literatura (tan maltratada y tan distorsionada en la actualidad), nos la redime de la caterva de pomposos ministriles que hablan y trafican en su nombre. Cuando nos asomamos al panorama literario de nuestra lengua y, con las notables excepciones de siempre, no alcanzamos a ver más que un páramo espantoso poblado de impostores y falsificadores, la obra de Borges nos sirve de dogma, de mantra y de asidero.
Recuerdo la única vez que lo vi, un año o dos antes de su muerte, en un congreso de la Asociación de Lenguas Modernas (MLA) que se celebraba en el New York Hilton de Manhattan. En medio de aquel mar de típicas mediocridades académicas, Borges, del brazo de María Kodama, transitaba con una deslumbrante indiferencia que su ceguera le justificaba. No habló mucho. Sólo recuerdo que concluyó sus palabras diciendo el Padre Nuestro en sajón antiguo, lo que él mismo calificara de “lengua de Moloch”. Una manera oblicua, muy en su estilo, de burlarse del público, de decirle que sus abstrusas ponencias repletas de diletantismo deconstructivista eran pura hojarasca frente a uno de los textos más elementales de la cultura de Occidente. Se fue luego como una sombra resplandeciente (valga el oxímoron), sonriendo a medias y con esa mirada vaga y desconectada de los ciegos, acaso a sabiendas de que se estaba despidiendo para siempre de un gremio que él de seguro despreciaba y, al mismo tiempo, de una ciudad y de un país que le habían fascinado desde la primera vez.
Conmueve y alienta saber que, un cuarto de siglo después de su muerte, Borges sigue siendo leído y traducido tanto o más que antes y que su magisterio literario e intelectual se ha hecho más firme con el tiempo. Es lamentable, sin embargo, que esa vigencia suya no haya sido útil, en la misma medida, para generar mejores escritores, al menos en el ámbito de nuestros países. Que la perfección de su palabra no haya servido para incentivar genuinamente a algunos más y para hacer callar definitivamente a muchos.
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J. L. Borges junto al Prof. Coleman, en el Center for Interamerican Relations (ahora Americas Society)

Foto cortesía de Pedro Yanes.
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Publicado originalmente en el Nuevo Herald.

jueves, 10 de febrero de 2011

LA POESÍA, TENTATIVA DE UNA DEFINICIÓN* / Vicente Echerri

.Salvador Díaz Mirón, autor de muchos poemas cursis como buen modernista, acertó, a mi juicio, cuando se atrevió a definir la poesía como «tres heroísmos en conjunción:/ ¡el heroísmo del sentimiento,/ el heroísmo del pensamiento/ y el heroísmo de la expresión!». A mí me sobra la palabra «heroísmo» en este contexto, pero la conjunción de sentimiento, pensamiento y expresión es un acierto memorable, aunque la idea no fuera original. Creo que la poesía se da ciertamente en el acuerdo de esos tres elementos: el pathos, la elaboración intelectual y el dominio de un vehículo expresivo (lo mismo podría aplicarse a las artes plásticas y la música, con la variante lógica de que el vehículo de expresión cambia de un arte a otra). Puede afirmarse que si al poema le faltase cualquiera de esos tres ingredientes —la pasión, el rigor intelectual que la atempera y el lenguaje preciso donde se vierte— podría declararse fallido. Este criterio, que algunos tildarán de preceptivo, nos servirá para discriminar en el farragoso montón de supuestas creaciones poéticas que, luego de esta criba, veríase bastante reducido.
.Si la pasión impera en la creación poética, con menosprecio de los otros elementos apuntados, el resultado será una obra cercana al flujo de conciencia que desborda todas las convenciones y se proyecta como un aliviadero. Quien esto perpetra tiene la arrogancia de suponer que sus estados de ánimo se equiparan con el sentir de la humanidad, llamado a reflejarse en sus versos como en un espejo. El sustantivo que más gusta a esta clase de escritores es el de espontaneidad —otra manera de llamar al desaliño— la cual tienen como el primer atributo de un artista y, en particular, de un poeta. Creen que cualquier voluntad de perfección, de acendramiento, es artificiosidad e impostura ajenas a la inspiración prístina. He conocido y he tenido la desgracia de leer a algunos de estos «espontáneos» y siempre sobresale en ellos lo torpe, lo inacabado. No es difícil dictaminar que la auténtica poesía está ausente de esa escritura.
.La poesía que, por el contrario, es producto del exclusivo esfuerzo intelectual, poesía «cerebral», como alguna vez se le ha llamado, en la que falta la pasión que le imprime profundidad, puede merecer la categoría de ideación, incluso de «constructo», susceptible de alcanzar cierto nivel de perfección semántica y hasta, en algunos casos, de bella exposición formal; pero el lector sensible advertirá la ausencia de esa honda intensidad que siempre ha de distinguir al genuino poema como una elevada creación del espíritu, para decirlo a la manera de los románticos. Esa intensidad resuena en las palabras, se vale de ellas, desde luego, de su ordenación, de las vibraciones sonoras que producen, pero es y debe ser mucho más: es el modo en que percibimos un mensaje trascendente que nos conmueve, y nos conmueve no porque cuente una historia sentimental, sino por la certeza de que transmite una experiencia emotiva única regida por un imperativo de belleza.
.Hay «poetas» que son hacendosas maquinas de versificar o de escribir espasmódicamente, a quienes mueve una compulsión tan natural como la de evacuar sus excreciones corporales. Se sienten poseedores de una suerte de toque de Midas que los lleva a ir convirtiendo todo en versos. Sus actividades ordinarias y domésticas son fragmentos del enorme poema que es su vida misma, de la cual la escritura es un registro minucioso. En verdad son amanuenses de lo que suponen un destino magno y excepcional. Estos versificadores hasta pueden alcanzar un cierto dominio de la forma, intelectuales en su acepción más chata, que han encontrado un mecanismo para expresarse y la van aplicando con rigor escolástico —supongo que como alternativa al suicidio que, en mi opinión, sería más decoroso.
.Suman legión los que confunden el escribir poesía con un encabalgamiento de metáforas (además de sinécdoques, metonimias, símiles, etc). Creen que la poesía consiste en referirse a las cosas ordinarias de la manera más oblicua posible. Resulta patético comprobar lo fácil que es «traducir» está concatenación de tropos al lenguaje ordinario para entender lo que el presunto poeta quiere decirnos; lo cual, casi siempre, es una trivialidad enmascarada y vestida de largo. Los que hacen profesión de «barrocos» practican estos ejercicios y tienen la audacia de divulgarlos e incluso de encontrar críticos y colegas que los valoren, sin darse cuenta de que esa escritura artificiosamente re-vestida no podría insertarse sin violencia en la tradición de la gran literatura que siempre ha de ser uno de los indicadores donde apoyar una justa valoración. Desde luego, hay una evolución a la que la literatura en general, y la poesía en particular, no pueden ser ajenas, pero los frutos de esa evolución deben mostrar una coherencia de origen, el engarce de un antecedente.
.La poesía, creo yo, debe transmitirnos una emoción cercana a lo inefable, contigua o equivalente a su necesidad: la certidumbre de que estamos en presencia de un texto que no es intercambiable por ningún otro, al que su autor se vio obligado a recurrir para comunicar un sentimiento/idea que no podía encontrar otro cauce. Y no me refiero a las palabras, que podrían ser las más elementales de la lengua, sino a la estructura, al orden sintáctico que, de suyo, tiene que justificar la partición versal y no puede obedecer a la caprichosa segmentación de quien escribe ni confundirse con un trozo de prosa arbitrariamente trucidado. Según este criterio, la forma en que se nos presenta el poema es o debe ser consubstancial al poema mismo (digamos que los tercetos en que Dante escribió su Divina Commedia son inseparables de esta obra), y esto podría aplicarse con tanta validez a los metros clásicos como al verso libre.
.Muchos creen que el valerse del verso libre le consiente a quien escribe cualquier antojo, como si la ausencia de la rima y de una metrificación regular supusiera una escritura caótica con anulación de medida, ordenación y ritmo; escritura en la que, además, podría prescindirse de toda lógica y en la que fuera lícita la inclusión de cualquier neologismo. Esta «poética» desaforada es responsable de incontables atrocidades que muchos críticos defienden al amparo de la sacrosanta «novedad», la cual, en principio, barre con todas las cortapisas de un sano juicio estético, como si la novedad, por sí sola, fuera el único atributo respetable a la hora de valorar una obra de arte, ya se trate de un cuadro o de un poema. Esa libertad mal entendida ha engendrado las muestras más infelices de la poesía contemporánea que, por su propia naturaleza, aspira a ponerse fuera del alcance de cualquier crítica, porque ¿cómo ejercer la crítica frente a una obra que, de principio, se sitúa más allá y por encima de cualesquiera reglas que permitan juzgarla? El resultado es un fútil y ridículo ejercicio de cautelas cuyo primer error consiste en el intento mismo de una valoración.
.En el verso libre subyacen, con bastante constancia, algunos de los más regulares metros clásicos: el pentasílabo, el heptasílabo, el endecasílabo, el alejandrino… que, en el caso del castellano, son algunas de sus tendencias métricas. Al prescindir de la rima y de la metrificación tradicionales que —con las notables salvedades que conocemos— tienden naturalmente al ripio, el verso libre logra sacar a la poesía de los muros de una prisión secular, pero, al mismo tiempo, tiene que hacerle frente a un extraordinario desafío: la pura expresión poética que exige, más que nunca, el dominio que suscita la apasionada contemplación del mundo, la cual ha de pasar por el filtro de una inteligente reflexión (que siempre ha de ser literaria, es decir, condicionada por la literatura) para terminar expuesta por la palabra en su acepción más rigurosa. He aquí de nuevo la tríada de condiciones básicas para que se produzca el evento poético.
.Esta adecuación del verso libre con el ritmo de algunos metros viene a reivindicar la hermandad de la poesía con la música, cuya importancia no es de subestimar. La poesía ha de tener, creo yo, una imprescindible valoración fónica, poseer lo que me gustaría llamar una eficacia prosódica que está dada por la construcción misma del texto —aun allí donde prescinda de la rima y de la uniformidad métrica— que facilite su lectura y su recepción auditiva. Cualquiera que menosprecie este ayuntamiento de música y poesía, que deliberadamente lo ignore o, lo que es mucho peor y más frecuente, que carezca de oído para distinguir cuando un texto poético fluye armónicamente y cuando tropieza, sin que esto último constituya siquiera un quiebre deliberado, debería de quedar naturalmente al margen de la práctica de este oficio, no importa cuantos cientos o miles de presuntos poemas pudiera haber escrito. En este punto me permito afirmar que la poesía sigue siendo también un género oral, destinado a la lectura en alta voz, instancia en la que se reafirma y se valida. ¿Por qué razón, si no por su parentesco con el canto, el poema se vale del verso? ¿Qué otra justificación que no sea sonora tendría la tradicional estructura poética?
.*Fragmento del ensayo Los lindes de la obra literaria.
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José de Ribera - El poeta (1625)
Rodin - El poeta y la musa, 1905
Pablo Picasso- El Poeta (1911)
René Hugo Arceo - El Poeta, 2008
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lunes, 26 de enero de 2009

INVITACIÓN. Doble Nueve (updated)

(cuentos de Vicente Echerri)
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Fotos cortesía de Joaquín Estrada Montalván.
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BLUEBIRD EDITIONS tiene el placer de invitarles a la presentación del libro de cuentos DOBLE NUEVE del escritor cubano Vicente Echerri. Este libro ha sido editato por EDICIONES UNIVERSAL y la presentación a cargo de los escritores Reinaldo García Ramos y Manuel Santayana.




LUGAR: Ediciones Universal, 3090 S.W. 8 calle
FECHA: Miércoles 28 de enero, a las siete de la noche

Para información llamar al 305-642-3234

VICENTE ECHERRI (Cuba, 1948) Poeta, narrador y ensayista cubano. Ha publicado los poemarios “Luz en la piedra” (1986) y "Casi de memorias" (2008), el libro de ensayos “La señal de los tiempos” (1993), e “Historias de la otra revolución” (1998) y “Doble nueve" (2008), relatos. Ha ejercido el periodismo de opinión por más de veinte años y columnas suyas aparecen regularmente en varias publicaciones de Estados Unidos y América Latina. Ha traducido numerosos libros del inglés al español. Otros libros del autor pueden encontrarse en Ediciones Universal y en Bluebird Editions. Para leer textos suyos se pueden consultar: este Blog, en la Revista Literaria La Zorra y el Cuervo y en su columna habitual del Nuevo Herald.

jueves, 22 de enero de 2009

¡AH, LA VIDA PUEDE SER MUY BUENA!


Updated: Me gustaría agregar este VIDEO y esta foto de la presentación, realizados por Pedro Portal para El Nuevo Herald, que salieron junto a esta reseña de la periodista Olga Connor.

(de izquierda a derecha) George Riverón, Belkis Cuza Malé y Vicente Echerri.

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Las especulaciones del humo y el aroma del tabaco, desordenando los recuerdos y la selectividad de los sentidos, enmarcaron la noche. TABACOS PADILLA (fábrica de tabacos, tienda y salón de fumar) se revela como un sitio exquisito para hacer fluir la conversación placentera, ejercitar el adormecido gusto por las buenas maneras y degustar la buena literatura, la poesía. Bajo el signo de la consolidación de Heberto Padilla como referencia obligada, cada vez más libre de aseveraciones accesorias, en nuestra literatura, asistimos a un cálido homenaje al poeta en su natalicio (palabra esta, muy devaluada pero jugosa). La presencia de sus hijos y personas que fueron parte de su vida, hicieron notable la reunión. Nos hablaría su amigo, el poeta Vicente Echerri, el cual además, presentaría esa noche su libro de poemas Casi de memorias. Nadie con más propiedad ha contribuido a situar, despojándola de mitificaciones lastrantes, la obra de Padilla en una perspectiva que permita valorarla desde sus múltiples aristas y al ser humano, muchas veces sustraído de nuestra apreciación por circunstancias que valdría olvidar. El poeta George Riverón, editor y diseñador del libro, en representación de Bluebird Editions, y la viuda de Heberto Padilla, la poeta Belkis Cuza Malé, hicieron la presentación del autor, el cual ha tenido la amabilidad de permitirnos publicar sus palabras en este sitio.
PALABRAS DEL POETA VICENTE ECHERRI (recordando a Heberto Padilla, en la presentación de su libro de poemas: Casi de Memorias)
A Belkis Cuza Malé le agradezco el más hermoso, valioso y perdurable regalo que me hayan hecho en toda mi vida: mi gato Stewart, que me ha acompañado tierna y noblemente por casi 18 años. Stewart es un Maine Coon legítimo (lo que en nuestra lengua llamarìamos un angora americano) una de las razas más bellas de gatos. Este ejemplar Belkis lo encontró abandonado en un portal de Princeton en 1991.
En muchas ocasiones cuando Heberto venía a visitarme solía decir, mirando a Stewart: “Belkis tiene cada cosas, te regaló el gato más bello que pasó por la casa y se quedó con los feos". Yo, desde luego, me sentía obligado a defender la generosidad de Belkis que tan feliz me hacía. Otras veces, viendo al gato que dormitaba sobre algún almohadón y quien, por un instante, levantaba la cabeza para mirarlo, Heberto hacía una rotunda declaración de principios: “yo quisiera ser como ese gato: estar siempre durmiendo sobre una bandeja y una vez al año escribir un poema”.
En esa breve declaración yo detectaba un elemento exótico y gratuito “la bandeja". Stewart no dormía en bandeja alguna y, hasta donde sé, no es un lugar donde los gatos suelen echarse a dormir: una superficie lisa -y fría, en el caso de las bandejas metálicas- está en las antípodas de los sitios cálidos y muelles a que parece inclinarse un animal en el que predomina la molicie. ¿Por qué Padilla soñaba con la anomalía de esta bandeja?
Nunca llegué a preguntárselo, pero ahora, al meditar en esa frase -ingeniosa y rotunda como casi todas las suyas- descubro una voluntad de exposición, que contrasta con su deseo (expresado en el mismo pensamiento) de ser librado, casi por completo, de las responsabilidades cotidianas. En la cultura occidental no podemos mencionar la palabra “bandeja” sin aludir, aunque no seamos conscientes de ello, a la cabeza sangrante de Juan el Bautista, precursor del Mesías, a la que un régimen corrupto transformara en un sempiterno trofeo. La cabeza cercenada y servida en bandeja del Bautista es, hasta el día de hoy, una denuncia contra la tiranía.
De suerte que Padilla, el hombre que se reconoce inepto para la vida práctica, quiere evadirse en un sueño de gato; pero, al mismo tiempo, verse expuesto de tal manera que ese sueño y su ejercicio poético solemne (solemne en su acepción literal de acontecimiento que ocurre una vez al año) sea una permanente acusación contra el “orden” que niega la poesía y que le hace ver al mundo como una confrontación entre dos irreductibles absolutos. La “Canción del juglar”, uno de los más hermosos poemas de su libro El hombre junto al mar, arranca con dos versos que definen este conflicto: “General, hay un combate entre sus órdenes y mis canciones". Este combate asimétrico—para decirlo en jerga militar— entre los poderes fácticos y la aparente indefensión de la poesía no garantiza el avasallamiento de esta última, como se atreve a pronosticar Heberto al final de ese mismo poema “general.... cada noche alguna de sus órdenes muere sin ser cumplida / y queda invicta alguna de mis canciones".
Por otra parte, el gato Padilla sólo necesita de un poema al año para justificar su labor de poeta. Si el promedio de vida útil de un escritor es de 50 años; al ritmo propuesto por él, un poeta escribiría alrededor de medio centenar de poemas en toda su vida, lo cual, creo yo, bastarían, si tienen mérito, para justificar una carrera. Por eso, cuando Heberto formula este anhelo de hibernación y obra anual está haciendo una parábola que contiene un desafiante oxímoron, el de inutilidad-eficiente o eficaz, al tiempo que echa las bases de algo que siempre se negó a definir formalmente: una poética.
Es verdad, nunca escribio un ensayo, que yo recuerde, donde intentara explicar los móviles que lo llevaban a la poesía, las directrices íntimas que gobernaban su escritura. Uno puede deducirlas más bien, por sus fobias, por el prontuario de las cosas que detestaba. Era prolijo, en ocasiones, sobre todo en la conversación, en señalar lo que la poesía no era o, en su criterio, no debía ser: “ese reinado de la metáfora donde toda aproximación oblicua era considerada una excelencia", como dice en el prólogo a mi primer poemario. Se trataba, puede deducirr uno, de un decir regido por la claridad; estructura donde el poema se daba en una atmósfera creada con las palabras más simples de la lengua, pero que nunca prescindia de la música que en el verso libre castellano imparten algunos metros clásicos, el pentasílabo, el septasílabo, el endecasílabo, el alejandrino. Aunque en español había poetas de su predilección —Borges, Cernuda, Paz— en los que no encontraba la mácula del barroco que lo contaminaba todo; fue en el inglés donde halló sus modelos defintivos: Eliot, Auden, Dylan Thomas, Wallace Stevens... Aspiraba a que el español se despojara de la retórica que lo enfermaba desde tiempos de Góngora y que rehuyera, al mismo tiempo, de los fáciles tipicismos que siempre estan prestos a contaminar toda literatura.
Me acuerdo de una tarde, en que invitado no podría decir ahora por qué institución o entidad, Heberto participó, con otros dos autores, de lo que bien podría haberse llamado “Poesía del tercer mundo”. El acto tenía lugar en uno los hoteles Sheraton de Manhattan y Belkis se encontraba presente. El panel estaba compuesto por una chica talilandesa, en representación del Asia, un negro sudafricano que encarnaba la literatura de África, y Heberto que era la cara de América Latina: una especie de tricontinental en verso. La tailandesa, vestida con un traje típico de su país, leyó unos poemas en que abundaban las pagodas, los estanques con lotos y nenúfares y la búsqueda de una apacible trascendencia que los occidentales siempre esperan les llegue del Oriente. El Sudafricano, envuelto en un manto de colores atroces —como podría haber dicho Borges— cantó a las lanzas guerrilleras que luchaban contra el Apartheid y el colonialismo, acompañándose por un cierto lenguaje corporal en el que siempre se advertía un amago de danza. Heberto, de traje y corbata, con esa descuidada elegancia que lo acercaba a la estampa de un professor inglés, leyó la mejor poesía de esa tarde y recibió la menor cantidad de aplausos. Él se dio cuenta de la frustración del público, que acaso esperaba que se hubiera aparecido allí con el poncho de Juan Valdés y prodigara los lugares comunes del latinoamericano militante: la inhumana conquista, las chabolas, Machu Pichu y el Che. Cuando todo acabó, y entendiendo perfectamente lo que había sucedido, nos dijo, a Belkis y a mí, “que le vamos a hacer si somos Gran Bretaña”.
Yo siempre me he sentido afín a su estética, a una poesía que le sea connatural la sencillez, que no es el equivalente de la ramplonería, y, al mismo tiempo, que esté infundida por una pasión que la salvara de cualquier trampa prosaica; que tenga un grado de tensión que nos convenza de su necesidad, de que se trata de un decir insustituible, de una manera de comunicarnos que no puede suplantarse por ninguna otra. Cualquier debilidad en esta busqueda, en este compromiso, convertiría la poesía en un quehacer frívolo, incluso superfluo.
Por ser consciente de esa convergencia, por sentirme cómplice de esa poética que Heberto no definió en ningun tratado —pero que se decanta de su propia obra—, por saber que los poemas que he recogido en este libro son afines a su sensibilildd, he querido presentarlo en su homenaje el dìa en que él habría cumplido 77 años.
A veces estos poemas tienen algo de álbum de viaje, sobre todo los contenidos en la primera parte, pero siempre van a ser el resultado de un deslumbramiento y de una pesarosa reflexión sobre la caducidad y sobre el devenir, sorda rebelión contra el tiempo que implacable y minuciosmente nos hará polvo, junto con nuestros sueños y proyectos. A veces, un poema en particular, responde a la emoción que suscita un objeto, una persona o su recuerdo, un paisaje particular.
Me acuerdo, por ejemplo, de la primera vez que visité el Museo del Prado, a poco de salir de Cuba, que era la primera vez también que ponía los pies en una de las grandes pinacotecas de Europa. En esa visita, tres cuadros, de todos los tesoros que guarda el Prado, me produjeron, por razones distintas, un impacto estremecedor: El Cristo de Velázquez (cuya imagen, tan reproducida, me era muy familiar), “El Jardin de las Delicias” de El Bosco, donde ya está el surrealismo con cuatro siglos de adelanto; y un autorretrato de Durero, cuadro relativamente pequeño que entonces estaba expuesto en el recodo de un salón y al que me enfrenté de improviso. La sensación de que acudía a una cita con quinientos años de atraso me dominó enseguida. Al contarlo esta noche, aún puedo revivir mi fascinación ante los ojos que me miraban desde el cuadro. Meses después, viviendo aquí en Miami, escribí un poema obligado por el impulso o la necesidad de imaginar a Durero mientras pintaba ese autorretrato.

AUTORRETRATO DE DURERO*

.................................A Manuel Santayana.

Fijo te estás quedando sobre el cuadro
en tanto tu mirada va a detenerse
acaso
en el azul
de un cielo por el que aún no transitan
más que brujas y emisarios de Dios,
además de algún pájaro
como ése que ahora mismo
cuando levantas los ojos de la tabla
descubres como un punto que viaja al horizonte.
Quizás afuera es mediodía
y el martillo del taller del herrero
resuena en tu taller
y alguien pregona
—para filtros de amor y a bajo precio—
raíz de mandrágora
y polvos de unicornio,
o quizás atardece
y de los campanarios se descuelga la sombra.
El tiempo pasa mientras pintas
y el cielo opaco de la medianoche
es lo que se recorta en tu ventana,
y la luz de una lámpara
juguetea en las paredes y en tu imaginación,
y afuera alguien se embosca
y en los lechos se ama.
¡Quién supiera
lo que veían tus ojos
mientras se iban quedando sobre el cuadro!
¿Qué recordaba entonces tu memoria,
qué tristeza,
qué júbilo…?
cuando te desdoblabas trazo a trazo
para quedarte
en aquel tiempo vivo
hecho también del aire de tu respiración
y el ruido de tus pasos por la estancia.

* En el Museo del Prado
Otras veces, aunque movido por la misma reflexión sobre la temporalidad, la motivación podía ser más personal. “En la penumbra", el último poema (en orden cronológico) de este libro que recoge textos bastante viejos, fue uno que a Heberto particularmente le gustó. Recuerdo que llegó a casa una tarde de mediados de los noventa, cansado y agobiado por numerosos problemas. En ánimo de distraerlo le di a leer el poema que, de inmediato, captó su atención. En uno de los versos, yo había usado el verbo “barrer” referido a la acción del tiempo. Le vi extraer la pluma y tachar ese verbo, al tiempo que me decía: “¿por qué no borrar, en lugar de barrer? No le tengas miedo al lugar común, el tiempo borra, es acción tan eterna como el nombre del mar o de la rosa". He aquí el poema:

EN LA PENUMBRA

..........................................A J.C.S.

La juventud es siempre un lugar de regreso,
el único país al que viajamos
tripulando la muerte;
por eso en la penumbra
donde jugamos al amor
tu rostro es tan antiguo
y tan del porvenir:
el destino que tejen la memoria y el sueño.
Me separo de ti para mirarte
el rostro —de perfil—
que yace levemente en las almohadas
sereno, hermoso
intocado todavía por el tiempo
y que, siendo tan tuyo,
es de la humanidad.
En la penumbra,
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me conmueve la visión de esos rasgos
que el tiempo ha de borrar
y que, no obstante,
son eternos
—memoria y porvenir—
amorosa fusión del arte y de la vida.

Me regocija que nos hayamos reunido hoy a celebrar el natalicio de ese gran poeta que fue Heberto Padilla y que lo hagamos, no en una librería, biblioteca o centro de estudios, como parecería propio, sino en esta suerte de templo del tabaco con que unos hijos fieles perpetúan su memoria. Estoy seguro de que Heberto, que era un gran fumador, se habría sentido orgulloso de esta casa y de ver su nombre convertido en una marca de tabacos y en humo fragante, que a pocos he visto disfrutar con mayor entusiasmo. Muchas veces, cuando llegaba a verme, yo lo recibía con un puro acompañado de una taza de café, o una copa de oporto. Entonces, tras la primera bocanada, hacía un gesto de satisfacción que revelaba la fruición absoluta, al tiempo que decía “Ah, la vida puede ser muy buena!”.

Fotos: El autor en TABACOS PADILLA, archivo de LPP.
............El autor con su gato Stewart, cortesia de Orlando Jiménez Leal.