jueves, 23 de octubre de 2008

FLORES PARA CAMILO

"... se ríe solo en el camino a consulta / y el que se ríe solo / se acuerda de una época más clara y más simple / el que se ríe solo..." y yo me río solo ahora y recuerdo, y no era tan clara y tan simple aquella época. Se podrían simplificar muchas cosas con solo saber recordar de un modo más ligero.
Se podría hablar entonces de las fotos, simplemente puestas desde el día ocho en cuanto lugar era posible, y no habría que decir nada de ellas pues todos recordaríamos sin lugar a error las mismas fotos. Nos vendrían a la mente los mismos versos y los mismos ojos de una tan diferente mirada y en los que, no hay dudas, buscamos muchas veces la verdad. Una impersonal expresión de bondad y una sonrisa, que no imaginamos puedan estar unidas de otro modo que para sostener la más absoluta transparencia.
Olvidemos ahora esa expresión que Korda logro rescatar, a punta de tijeras más que con el lente, borrando quien sabe cuanto rostro, y pensemos por un momento sólo en esa sonrisa interminable que durante tantos años a soportado tanto inútil adjetivo y que a pesar de ello no ha dejado de ser inevitablemente amplia. Nunca me pareció que se riese solo, que nunca una sonrisa es menos amplia, y estando aún tan burdamente recortada en fríos carteles, año tras año colgados en una y otra puerta, se derramaba afectuosamente con esa callada fuerza que signa un gesto cómplice.
Las escuelas se organizaban en bloques, todos de uniforme, habían sustituido el viejo uniforme gris por el azul y ese curso comencé las clases con mi pañoleta como si el cambio incluyese su uso inevitablemente. El hombre vino a hablar una docena de veces más conmigo, después me hago la idea que dejó de gustarle y se quedaba un rato hablando en la puerta del aula con la maestra hasta que un día no vino más. El curso pasó lento y yo sentí mucha alegría cuando escuche que el uniforme seria distinto el nuevo curso.
Eran cerca de las dos y todos estábamos formados en la calle, el uniforme casi nuevo, en un perfecto bloque azul que se movió unos metros y se detuvo de nuevo para reorganizarse y esperar que el bloque que nos precedía tomara distancia. No era que aquellas flores no me gustaran, pero eso de andar todo el camino desde casa con el brazo a la altura del pecho sosteniendo esas tristes flores, a más de molesto me pareció ridículo. Dejarlas colgando al lado del cuerpo era más cómodo pero me resultaba de igual modo molesto, recordaba las viejas que en la mañana de los domingos pasaban rumbo al cementerio con hermosos ramos en la mano y una escoba en la otra.
Mamá las había arrancado del jardín y me las había dado con el mismo gesto con que me daba los libros o el dinero de la merienda. Eran tres flores simples, tres rosas rosadas y comunes que me hubiera gustado poner en algún lugar de la casa como a veces hacia ella, pero iba camino de la escuela y no sabia que hacer. Las tomaba en una y otra mano y hubiera deseado tener que llevar los libros, hasta una ridícula escoba hubiera llevado de buena gana. Tomé una en la mano derecha pero estaba molesto con todo y comenzaron a parecerme excesivas dos flores en la izquierda, sobre todo con mamá que bien pudo cortar tan solo dos, así que deje caer con descuido la que parecía más marchita y respiré con cierto alivio.
Sonreía desde los edificios públicos en grandes pancartas encendidas por el sol o desde la sombra sólida de los portales y era allí donde sentía menos soledad en su sonrisa, parecía ser más amplia insinuando una complicidad que casi me arrancaba de la fila. Algunas niñas sostenían aún, con evidente esfuerzo, sus ramos en alto. Miré con preocupación si aún tenía las mías en la mano que colgaba junto a mi cuerpo. Sudaba copiosamente y me propuse no mirar de nuevo hacia los portales cuando dieron la orden de avanzar. Caminamos ocho cuadras y aún no se veía la ceiba que mi padre saludaba a veces cuando íbamos a casa de mis tíos y que se alzaba a orillas del río.
"¿Y porque no encontraron el cuerpo?, Nadie desaparece de ese modo." Mi madre miraba a tío Humberto siempre del mismo modo y cada vez que pronunciaba esta frase contaba el cuento de cuando fue a pasar unos días en casa de Julia, en Camagüey, y de como llamaban por teléfono a toda hora y decían que lo habían matado porque era muy popular y tenia muchas simpatías en el ejercito.
Yo evitaba mirar hacia los portales, por suerte en la próxima cuadra hay sólo dos. Miré hacia atrás y estaba en todos lados y desde todos lados me sonreía. Sentí que el uniforme había perdido aquel olor a nuevo y que también delante había numerosas pancartas y que era mejor mirarlas por el reverso, y que aún por el reverso me daban la medida de cuantas miradas, de cuantas sonrisas con su complicidad y todo cargaba en mis espaldas.
"Dicen que el viejo Troadio Camacho, que fue su amigo y combatió en Yagüajay, no se ha cortado el pelo ni la barba y no lo hará mas hasta que no aparezca." Humberto venia todos los domingos a casa en la mañana, se sentaba y mientras mi madre cocinaba comenzaba a hablar siempre del mismo modo: "Recuerdas Ana Rosa cuando en el año..." y mamá casi nunca recordaba bien, (siempre tuve la sensación de que fingía) y el se recostaba, fumaba y ya no dejaba de hablar: "...cuando en el año cincuenta y ocho pusieron en la estación de trenes un pasquín con las fotos de los dos acusándolos de comunistas bajo un letrero de SE BUSCA. Entonces decir comunista era dejar como un gran pedazo de hielo suspendido en el aire y lo siguió siendo un tiempo después de que Batista huyera."
El hombre estaba ya sobre la tarima que habían improvisado a un costado del puente, bajo la ceiba, como en una isla de sombra. Junto a él estaba un grupo de hombres y mujeres todos de verde olivo y yo sentí de nuevo, como escapado de aquel pedazo de aire tan ajeno al nuestro, de aquella caja de aire húmeda y fresca bajo el verde inmóvil de las ramas, un fuerte olor a loción para después del afeitado y me dio nauseas. Se escuchó una grabación algo distorsionada del himno y alguien leyó un largo discurso y yo tenia las manos sudadas y los ojos me ardían y se escuchó su voz y "Yo no dudo que un día aparezca en otro país o esté preso, no creo que haya sido comunista, que seguro eso era propaganda del gobierno".
Su risa, que ahora me parece mucho más que una sonrisa, amplia y todo, nos avisaba, me avisaba con una especial insistencia que de algún modo iba a estar allí, que iba a apoderarse de los altavoces con su voz rasgada. Años después, y a fuerza de repetirse, esa sensación se fue apagando. Ya no llegaba nunca hasta el río, escabulléndome entre la gente en algún momento de confusión, después que pasaran el listado de asistencia. Empecé a prestar atención a su voz en el acto nacional que transmitían por la radio y a percatarme de que no había nada en sus palabras que pudiera interesarnos sólo a nosotros y a nadie más.
Aquella tarde, aquellas dos rosas rosadas y comunes sobre el agua lenta y aquellas pancartas que ya no volví a ver al regreso, se fueron deshaciendo ...en menudos pedazos... en una memoria que quisiera simplificar muchas cosas y se esfuerza en recordar de un modo más ligero.

6 comentarios:

Manuel Sosa dijo...

Déjame decirte que Troadio Camacho era vecino mío. Y de verdad que nunca se volvió a afeitar. "Hasta que aparezca Camilo", decía. Muchos parientes de Camacho viven hoy en Miami.

Y el caballo de Camilo lo mantuvieron vivo en Meneses hasta mitad de los setenta. Un viejo lo cuidaba como si fuera un Bucéfalo, o un Babieca. El viejo (su apellido era Barrabí) y el caballo parecían hermanos.

Por suerte no lo disecaron, cosa qu sí ocurrió con el mulo del Che, en Fomento. Hace unos años lo "restauraron" y salió la noticia en la prensa provincial. Un mulo restaurado. Ya tú sabes.

Heriberto Hernández dijo...

El desfile para llevarle flores a Camilo, desde mi escuela hasta el puente del rio Camajuaní (afluente del rio Sagua la Chica, que se suponía las llevaría al mar) era el acontecimiento que más yo detestaba de todo el curso escolar. En mi vida infantil, rivaliza con grande posibilidades de ganar, con el día en que se hacia la rifa de los números para comprar los juguetes. El número más bajo que recuerdo fue un trescientos y pico, que me garantizó comprar (el tercer día en la mañana) un ridículo traje de Cowboy, una pelota de goma y una bolsa de bolas de cristal.

Joaquín Estrada-Montalván dijo...

en realidad siempre preferi ir al rio con una flor en una mano y en la otra mano la de la chamaquita que me asignaban , que cuando me montaban en una guagua giron pa ir al huerto escolar a guataquear tomate o recoger mani

saludos

Heriberto Hernández dijo...

Detestaba el huerto escolar. Era tan desagradable que lo alvidaba.

TIROFIJO dijo...

http://tirofijomalanga.blogspot.com/2008/10/va-cabizbaja-va-cavilando.html

Efory Atocha dijo...

...y el Buchito, que no falte.

Ch.