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(Traducciones del húngaro de György Ferdinandy y versiones al castellano de Heriberto Hernández Medina.)
MI MADRE ROMPE NUECES
No sé qué uvas comía
yo
cuando en casa, abrías
tú nueces viejas
y me hablabas –o solo
ahora lo imagino−
Las rompiste, y no encontraste
ni una buena.
Anochecía, el cielo enrojeció
y los patos chillaban
arriba, en el cielo.
Pensé decirte: ¡no tengas
miedo, son jóvenes
los arboles, vivirán!
Luego la campana tocó
la víspera
y un extraño se escurrió
por la calle.
¡No te vuelvas! −dijo
en mi una voz,
y no vi yo quién te llevó
de repente.
NACIMIENTO
¿Cómo fue, madre,
cuando me pariste,
temblaba la tierra, o
temías que
al bautizo llegáramos
tarde.
y Dios se hubiese ido
ya? ¿O
me dejabas llorar porque
nevaba
y sentabas en tu regazo
la nieve
para que los caballos
de Herodes encontrasen
al camino
hacia mi? No sospechabas
que venían
por ti, que diste tu
vida por mi vida
cuando abrí los ojos,
y pude verte.
RELOJES
Espero a pesar de
todo, no sé si decírtelo,
que te duermas y abrigarte
para que se calmen
alrededor tuyo
todas estas inquietantes
sombras.
Te escondo al fin
entre negros árboles
para que no se encuentre
en ti la aurora.
Los animales deplorarán
tu muerte
cuando tu aliento haya
cesado.
Lloraré entonces, esa es la costumbre,
y echaré al fuego mi
camisa de bautizo
Tu despertador azul
ya no dirá nada,
no me despertará
nunca.
La vecina tejía un
pullover color vino
−el diseño cruzado
era la moda−
con dos cazuelas de
leche pagaste su trabajo
y mi hombro no tuvo frío
en la misa.
Entonces conté todo a
Dios
−sus siete íconos me
escuchaban sólo a mi−
que somos muy pobres en
Moldavia
y que ayer mi hermano
otra vez me pegó.
Me jactaba luego de
mi ropa nueva
−necia, siento no haberle
preguntado−
cuando haya crecido, ¿quién
tejerá mi ropa?
¿y dónde le encontraré
entre los rostros de la calle?
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