martes, 9 de agosto de 2011

FANTASIA Y PLACER (apuntes para una respuesta de Ariosto)

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.........¿De dónde ha sacado tantas historias, Maestro Ludovico?
..........................Cardenal Ippolito d'Este

En su texto El poeta y los sueños diurnos, originalmente expuesto en forma de conferencia el 6 de diciembre de 1907, en los salones del editor y librero vienés Hugo Heller, y publicado en su versión completa a comienzos de 1908, en una revista literaria de Berlín, Sigmund Freud intenta adentrarse en la investigación de los procesos de la creación literaria, para lo cual examina los orígenes del sueño diurno (la ensoñación) y su relación con los juegos infantiles.

Los profanos sentimos desde siempre vivísima curiosidad por saber de dónde el poeta, personalidad singularísima, extrae sus temas -en el sentido de la pregunta que aquel cardenal dirigió a Ariosto- y cómo logra conmovernos con ellos tan intensamente y despertar en nosotros emociones de las que ni siquiera nos juzgábamos acaso capaces. Tal curiosidad se exacerba aún ante el hecho de que el poeta mismo, cuando le interrogamos, no sepa respondernos, o sólo muy insatisfactoriamente, sin que tampoco le preocupe nuestra convicción de que el máximo conocimiento de las condiciones de la elección del tema poético y de la esencia del arte poético no habría de contribuir en lo más mínimo a hacernos poetas.

Pareciera claro que Freud admite la existencia de una capacidad especial, un don innato que seria útil desentrañar.

¡Si por lo menos pudiéramos descubrir en nosotros o en nuestros semejantes una actividad afín en algún modo a la composición poética! La investigación de dicha actividad nos permitiría esperar una primera explicación de la actividad creadora del poeta.

Ya poco tiempo atrás, en el estudio sobre Gradiva de Jensen (1907), Freud se había ocupado de los problemas de la creación literaria, pero en el presente trabajo el centro del interés recae en el examen de las fantasías. A través de la fantasía, la literatura aborda los grandes temas y preocupaciones de la humanidad sobre la vida, los llamados temas eternos. "¿No habremos de buscar ya en el niño las primeras huellas de la actividad poética?", se pregunta. Para él, el proceso creativo es consecuencia de un elemento lúdico, onírico o fantasioso. El poeta se ve trasladado a un recuerdo, que le provoca el deseo, y éste sólo se ve satisfecho por la obra poética: “el verdadero goce de la obra poética procede de la descarga de tensiones dadas en nuestra alma". T.S. Eliot está de acuerdo con esta función catártica de la escritura cuando dice que el creador está “oprimido por una carga que ha de dar a luz para conseguir alivio.”

El niño distingue muy bien la realidad del mundo y su juego, a pesar de la carga de afecto con que lo satura, y gusta de apoyar los objetos y circunstancias que imagina en objetos tangibles y visibles del mundo real. Este apoyo es lo que aún diferencia el "jugar" infantil del "fantasear".
Ahora bien: el poeta hace lo mismo que el niño que juega: crea un mundo fantástico y lo toma muy en serio; esto es, se siente íntimamente ligado a él, aunque sin dejar de diferenciarlo resueltamente de la realidad. Pero de esta irrealidad del mundo poético nacen consecuencias muy importantes para la técnica artística, pues mucho de lo que, siendo real, no podría procurar placer ninguno puede procurarlo como juego de la fantasía, y muchas emociones penosas en sí mismas pueden convertirse en una fuente de placer para el auditorio del poeta.
Así, pues, el individuo en crecimiento cesa de jugar; renuncia aparentemente al placer que extraía del juego. Pero quienes conocen la vida anímica del hombre saben muy bien que nada le es tan difícil como la renuncia a un placer que ha saboreado una vez. En realidad, no podemos renunciar a nada, no hacemos más que cambiar unas cosas por otras; lo que parece ser una renuncia es, en realidad, una sustitución o una subrogación.

La irrealidad es lo que tienen en común el mundo poético y el juego: tanto el poeta como el niño crean un mundo de fantasía, y al dejar de jugar, el hombre mantiene ese recurso de irrealidad mediante la ensoñación o el sueño diurno. Sartre, al afirmar en ¿Qué es la literatura? que “no se es escritor porque se ha elegido decir determinadas cosas, sino porque se ha elegido decirlas de un modo determinado”, incorpora un elemento que sugiere un origen volitivo en el acto creador, pero la diferencia entre los sueños, los juegos, las fantasías y la literatura reside en que en ésta, el escritor tiene que crear su contenido psíquico de una manera consciente, mediante el lenguaje.

Aunque “los mismos poetas gustan de aminorar la distancia entre su singularidad y la esencia generalmente humana y nos aseguran de continuo que en cada hombre hay un poeta”, Freud demuestra que las mismas leyes psíquicas que rigen el sueño, rigen la ficción, y que tanto en la literatura como en la neurosis hay una clara separación entre la imaginación y el pensamiento racional: una cosa es el material psíquico inconsciente como tal, y otra la manera en que ese material se presenta a la conciencia onírica (diferencia entre contenido latente y contenido manifiesto), lo que en la literatura se traduce en que hay un material psíquico reprimido que lleva al escritor y no a otro ser humano a la necesidad de escribir, la necesidad de expresarse.
Desde esa perspectiva, la literatura soluciona los problemas neuróticos del individuo que escribe (y lo mismo pasa con el lector que logra identificarse), que experimenta un placer en tanto que descarga unas tensiones: el escritor se expresa de determinada manera porque no puede evitarlo, su acto creativo es resultado de la frustración que produce el principio de realidad: lo que el poeta, por ejemplo, no puede hacer en la realidad, lo sublima a partir de sus textos, porque el arte es una manifestación del Inconsciente.

…cuando el poeta nos hace presenciar sus juegos o nos cuenta aquello que nos inclinamos a explicar como sus personales sueños diurnos, sentimos un elevado placer, que afluye seguramente de numerosas fuentes. (…) El poeta mitiga el carácter egoísta del sueño diurno por medio de modificaciones y ocultamientos, y nos soborna con el placer puramente formal, o sea estético, que nos ofrece la exposición de sus fantasías. A tal placer, que nos es ofrecido para facilitar con él la génesis de un placer mayor, procedente de fuentes psíquicas más hondas, lo designamos con los nombres de prima de atracción o placer preliminar.
A mi juicio, todo el placer estético que el poeta nos procura entraña este carácter del placer preliminar, y el verdadero goce de la obra poética procede de la descarga de tensiones dadas en nuestra alma. Quizá contribuye no poco a este resultado positivo el hecho de que el poeta nos pone en situación de gozar en adelante, sin avergonzarnos ni hacernos reproche alguno, de nuestras propias fantasías.

Aunque, como afirmara Jung, “el ejercicio del arte constituye una actividad psicológica”, el escritor siempre escribe para el lector que lleva dentro, lo cual nos podría hacer reconsiderar la incidencia del contexto, sino en el origen, al menos en la gestualidad del acto. Si además, aceptamos la tesis Freudiana “de la relación de la fantasía con el pretérito, el presente y el futuro, y con el deseo que fluye a través de los mismos”, podríamos convenir en que la poesía, en tanto se constituye para su satisfacción, encarna de algún modo la representación de un ideal del placer..