martes, 4 de mayo de 2010

CONVERSACIONES EN EL TIEMPO / José Franco

Publicado originalmente en el blog Gaspar El Lugareño.
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La intención de establecer un itinerario gráfico que captara el diálogo ininterrumpido del hombre con la naturaleza −desde el inicio de los tiempos medibles en dimensiones humanas− habría permitido a José Franco desplazar el discurso, usual en la literatura o en la especulación filosófica o sociológica, de términos éticos a los dominios de lo estético. El objeto como referencia, anclado en la modernidad, en el contenido utilitario esencial, no podía ocultar su cola, enroscada en la ortogonalidad más pura.
El recurso, no por antiguo menos vigente, de ocultar mostrando, reproduciendo la imagen del fondo, del entorno, incorpora a la mancha simple, la textura o la línea más común, un contenido que rebasa categorías estéticas. El camuflaje, aún en sus formas más elaboradas, tanto en la naturaleza como en su apropiación por el hombre, revela la estructuración de un lenguaje, de una escritura que habla más de comunicación que de la ruptura de un vínculo real.
.El nexo ancestral, unido a la indudable relación de equilibrio, de coexistencia que signa la interacción del hombre con el mundo animal, tiene una relación más cercana al comercio sensorial que al frío cálculo que ampara la conceptualización o la especulación científica. Metonimia, en que se asume deliberadamente designar el todo por la parte, o traslación simbólica, en que el objeto sustituye al sujeto; cuando la silla se suspende, levita hasta perderse en nuestra recurrencia ineludible al latido de la vida animal, bajo una piel que ha sido con más frecuencia una señalización que una bestia. Su cola es la única conexión real con el piso, con la tierra.
.Sacar este diálogo del laboratorio de las galerías o el estudio y hacerlo rodar por la ciudad en la carrocería de un automóvil deportivo –el símil más logrado de una bestia salvaje en la iconografía de la modernidad− ha sido quizás un acto extremo que sería justo precisar. Aunque en términos de trasgresión, no emula las excentricidades de Lord Rothschild, que solía conducir por Londres un carruaje tirados por cebras comunes, relocaliza el tema en el entorno urbano exterior, en el “paisaje urbano”, para de alguna manera ampliar el cuestionamiento acerca de la autenticidad simbólica de la modernidad y precisar la vigencia latente de cierta gestualidad “primitiva”.
Terminar rastreando esos nexos en la historia del arte es una consecuencia lógica, si se conceptúa tal diálogo como una conversación en que sólo han ido cambiando los hombres con el paso del tiempo y no es extraño que el artista sea interpelado por Giuseppe Arcimboldo, “el aduanero” Rousseau, o establezca una ardua polémica con Lam, en que las colisiones no se limiten sólo a la forma o el color y se extiendan en tensas disidencias compositivas. Una especulación que abre una ventana por la que penetra en el estudio el aire fresco de la naturaleza “virgen”, ese paradigma en que se supone un sitio en el cual nunca haya pisado el hombre.
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1 comentario:

R.L.R. dijo...

Muy buena reseña, Heriberto. La enlazo y me la llevo a mi potrero.