viernes, 11 de noviembre de 2011

LAMENTACIONES DE UNA LECTORA

Por Elena Tamargo


Tzvetan Todorov / H. G. Gadamer / Paul Ricoeur / Sigmund Freud / M. Heidegger / Franz Rosenzweig

Stéphane Moses / Gershom Scholem / Walter Benjamin / Michail Bulgakov / Marina Tsvietaieva /Boris Pasternak

Alexander Solchenitzin / Sarah Kirsch / Heinrich Mann / Erich Kastner / Erich Marie Remarque / Kurt Tucholsky

Tal vez, nadie como el búlgaro-francés Tzvetan Todorov, en su libro El hombre desplazado, haya establecido con tanta claridad los contrastes existentes entre los sistemas socialista y capitalista: “la sociedad occidental –nunca me alegraré lo bastante– está libre de los peores defectos que caracterizaban al país totalitario donde crecí". Aquel sistema, en el que también crecí, aunque en otro país bastante diferente al suyo, hoy se me presenta como un mundo poblado por una multitud de seres solitarios, y la vida allí me parece una simple y alternada sucesión de sueños y llantos.
Hace ya bastante tiempo, sin duda, se puede sostener con rigor filosófico, que no hay hecho histórico que no haya sido adecuado y que por ello no comporte selección e interpretación. En la práctica, las distinciones –hechos versus interpretaciones– guardan su importancia. Todos los estados totalitarios llevan hasta los límites del absurdo la solidaridad entre el hecho y la interpretación. Esta razón es suficiente para negarse a admitirla, aun más en el terreno de la cultura literaria. ¿De qué podrían reclamarse herederos quienes siguen creyendo que las obras literarias están en relación con las ideologías y que unos valores son superiores a otros y merecerían ser impuestos? Curiosamente, la única corriente que reclama esta posición, dentro del pensamiento crítico, parece ser la marxista.
Esa comunidad interpretativa que controlaba el sentido y la reflexión fue el procedimiento retórico más comúnmente utilizado durante todos estos años, en ese país donde crecí, para designar la pertinencia de valores universales e interclasistas que no fueran los intereses de un grupo. El marxismo se negaba en estas sociedades a reconocer la autonomía de la moral con respecto a la política, advirtiendo siempre que la política era la única moral responsable y colmada de seriedad, decretando así como lo mejor todo aquello que contribuyera a la transformación socialista de la sociedad; imponiendo siempre las fuerzas de la historia por encima de la justicia o del derecho (de elegir). Por lo tanto, nuestro pensamiento cubano oponía las determinaciones sociales a las tendencias universales de la filosofía, dejando fuera, siempre, o en la mayor parte de los casos, todo lo demás que ocurría en el pensamiento occidental. De manera que fundar una ética y un conocimiento en la universalidad se tornó difícil para las generaciones que crecimos por esos años. Así, tuvimos que prescindir de la hermenéutica; de la escuela de Franckfurt; de la inteligencia de H. G. Gadamer y de su voluntad de entender lo que hay en el fondo de la palabra del otro como modelo de convivencia universal. Prescindimos también de la lucidez teológica de Paul Ricoeur y su crítica del sentido y de la interpretación que pesan sobre toda hermenéutica, el psicoanálisis, la historia y la lingüística. También nos impidieron, desde luego, a Freud. La luz de Paul De Mann era imposible, pues fue acusado de haber escrito en la prensa flamenca de su país de origen, allá por 1941, artículos sobre literatura de tendencia pronazi. A M. Heidegger y a sus discípulos tampoco los leímos, pues ellos, entre guerras, se habían sentado en el bando de la extrema derecha. Pero tampoco leímos La estrella de la redención de Franz Rosenzweig ni El ángel de la historia de Stéphane Moses ni El libro de las preguntas de Edmond Javés ni Fidelidad y utopía o Las grandes tendencias de la mística judía de Gershom Scholem ni a ninguno de ese movimiento judío de la Europa Oriental, que, al decir de este último, “tenía como objetivo principal preparar el corazón de los hombres para ese renacimiento cuyo escenario es el alma humana y poner la regeneración de la vida interior muy por encima de la regeneración de la nación como entidad política". ¿Por qué no leímos a Walter Benjamin? ¿Por qué sí a Bertold Brecht? ¿Acaso existen la verdad y la justicia absolutas o nos movemos siempre dentro de la ilusión del lenguaje? Pero, porque somos finitos, el lenguaje siempre nos abandona.
El fundamento de nuestra razón, de nuestro pensar y sentir tiene, para hablar con palabras de Shelling, algo inmemorial. Se esconde detrás de nuestra razón en dos sentidos, por una parte, como lo que ella nunca puede alcanzar y, al mismo tiempo, como lo que la hace posible. En la hermenéutica moderna el entender ya no parece más un aplicar o una apropiación del otro, sino un reconocer que el otro puede seguir teniendo la razón en contra de uno. Pero de esto parecía no haberse enterado el mundo dominante de nuestra experiencia generacional. Y como ningún discurso se haya exento de contradicciones, no hay ninguna razón que nos obligue a escoger uno en detrimento de los demás y mucho menos a dejarnos imponer la elección de tales o cuales valores.
Aunque, si bien es verdad que esta problemática de los libros es la que más evidencia que Cuba se separó de occidente, cuya cultura es su base, no fue sólo a través de las traducciones que se permitieron o no, pues también dentro de la lengua nos fueron impuestas prohibiciones de lectura. Pudimos disfrutar a Gabriel García Márquez, pero nos perdimos a Jorge Luis Borges, de quien Cuba publicó, apenas en los ochenta, una incompleta y débil antología; de un autor como Félix Grande, que había ganado el Premio Casa de las Américas a finales de los sesenta por su libro Blanco spirituals, nunca más supimos, pues había firmado la carta de los intelectuales que apoyaron a Heberto Padilla, como ocurrió también con Mario Vargas Llosa.
Por otra parte, de la ex Unión Soviética pudimos leer a excelentes escritores como Eugenio Evtuchenko, muy a pesar de su entrañable amistad con H. Padilla y su conocida enemistad con Nicolás Guillén, pero no fue hasta los noventa que los cubanos pudimos ver puesta en el teatro El maestro y Margarita de Bulgakov; nunca leímos libremente a Blook ni a Marina Tsvietaieva ni a Zukovsky ni a Mandelstan ni a Pasternak ni al Ribakov de Los hijos de Arbat, a pesar de la Perestroika; y al Solchenitzin que conocimos fue al de Un día en la vida de Iván Denisovich no al de Archipiélago Gulag. La literatura que se tradujo y se distribuyó en esas décadas, venida de la Unión Soviética, era, sobre todo, una muestra de la guerra, de muy poca atracción, salvo la narrativa de extraordinario humanismo de Chinguiz Aitmatov.
¿Qué tendrían que ver con nuestra sensibilidad, sin embargo, aquellas bibliotecas llenas de ejemplares de las obras completas de Mao Tse Tung y Kim Il Sung? Y por qué no, en su lugar, la inmensidad de Heidegger y de Nietzche; por qué sí a Eva Strittmatter y no a Sarah Kirsch; por qué sí a Heinz Kalhau y no a Gunter Grass. ¿Por qué no sabíamos qué pasaba en Austria o en Irlanda? ¿Había alguna justificación para que aquellos autores de “espíritu no-alemán” (Heinrich Mann, Erich Kastner, Erich Marie Remarque, Kurt Tucholsky y Carl von Ossietsky) no fueran siquiera incluidos en los programas de Germanística de la Universidad de La Habana?
El acto de leer es el acto de libertad por antonomasia.
Lo que vengo describiendo no es más que una situación típica. En la práctica las cosas fueron mucho más complejas. Pues en un momento dado, el discurso oficial se extiende a la interpretación de las películas, de los libros, de los hechos históricos, pero no más allá; en otro momento cubre también las relaciones personales. Y todos sabíamos hacer malabares con esos registros diferentes de la palabra y conectar con uno o con otro circuito. Por eso leímos a los que no podíamos leer, muchas veces, los que nacimos tras el advenimiento del comunismo. Sin embargo, a pesar de que pareciera que habíamos aprendido esa competencia con la leche materna, no estábamos libres de la culpa, y en soledad, uno se daba cuenta, en medio de aquella oscuridad, de los estragos causados por aquel binomio contrastante que era la verdad de adecuación y la verdad de conformidad.
Prohibir o acotar la libertad de la lectura, debería ser considerado como una de las peores violaciones a los derechos humanos que puedan existir. Ningún escritor, y menos un poeta, es lo suficientemente peligroso, como para que no pueda ser leído. Pero descansemos en la seguridad de que quienes prohíben la lectura de los poetas, a quienes temen en realidad no es a ellos, sino a sus lectores. En aquel país donde nací y crecí, hace mucho tiempo que no valen las palabras de Goethe, en el sentido de que “los poetas nunca pecan demasiado gravemente".

ELENA TAMARGO: La Habana, Cuba. Premio de Poesía de la Universidad de La Habana, 1984; Premio Nacional de Poesía “Julián del Casal”, de la UNEAC, 1987. Germanista y Filóloga; Doctora en Letras Modernas. Académica, ensayista y poeta. Traductora de la obra de F. Hölderlin. Entre sus libros de encuentran: Sobre un papel mis trenos, Habana tú, El caballo de la palabra, El año del alma, Poesía de la sombra de la memoria y Bolero, clave del corazón. Después de una estancia en Rusia y otra en México, ahora vive en Miami.

5 comentarios:

Alvaro Alba dijo...

Excelente artículo sobre la inevitable lagunas culturales que se forman bajo un sistema autoritario. La sentencia contra esa política violatoria de la libertad a elegir el libro fue expuesta por Mijaíl A. Bulgakov, a través de Voland - los manuscritos no arden. Permanecen para otras generaciones, y lo mismo con esos libros prohibidos. El leer "1984" en Cuba este noviembre del 2008 es como si lo leyera en Londres en 1949.

Heriberto Hernández dijo...

Bienvenido estimado Álvaro, es un gusto tenerlo por acá. Gracias.

Félix Luis dijo...

Querida Elena, desmenuzas con acierto y buen estilo la censura de Aquel país, y sobre todo el porqué. Cierto, el miedo último de las dictaduras comunistas es al lector, o a su reacción,no precisamente al autor. Así es, muy buenos autores pudimos disfrutar; otros muy buenos, no. Coincido: prohibir la lectura del libro que fuere, es una violación a los derechos humanos. Lo que ocurre es que un libro puede tener más efecto contra una dictadura, que una invasión de fusiles.
De cualquier manera, siguen censurando.
Todo lo has argumentado muy bien, muy bien.
Adelante.

Adal dijo...

me dio gusto leerte.

saludos,
adalberto

Anónimo dijo...

siempre he pensado que una obra censurada, para ser tal, al menos en censor tuvo que leerla. De modo que el tipo se considera tan por encima de los demás, que decide censurar eso a los "otros". De modo que él lo asimiló y lo entendió, pero presupone que a los demás le puede hacer daño. Soberbia manera de la intelegencia. Muy bueno tu artículo, elena
gume