viernes, 19 de diciembre de 2008

UNA DOCTRINA DE LA INVISIBILIDAD



Un minuto antes de empezar a leer Una doctrina para la invisibilidad, uno tiene el presentimiento de que Manuel Sosa es un poeta que conoce “el precio de las palabras” y por ende ha tenido que cargar con "todo el desprecio de una estirpe". La suya es una poesía (leerla para vivirla) que nos permite adentrarnos en ese reino ("cercanía que se alimenta de tinieblas") donde ser invisible es la única manera de darle un nombre "a esa sustancia que hiere y ya nos abandona". La fotografía de la portada le hace justicia al libro. Penetramos en un reino de “niebla rotunda". Las palabras tienen un precio, el poeta lo sabe; nosotros, sus lectores, sólo lo sospechamos. Ese es su mantra. El poeta también entiende que las palabras tienen limitaciones (el lenguaje, ese imperfecto instrumento de comunicación) puesto que sólo reflejan “el vicio de los ecos”, es decir, una visión distorsionada de lo acontecido. Nos confiesa que para revivir ciertas memorias (las buenas y las malas), hemos de cerrar los ojos y resistir “la tentación de la página”. Percibo algo de religiosidad en estos poemas; ciertas palabras, ciertos temas e imágenes recurrentes parecen apuntar en esa dirección. El dios nos anuncia que sin sometimiento no hay retribución, pero las piezas han encontrado el libre albedrío y buscan su propio orden en el tablero sin esperar por “manos omniscientes". El poeta es un leñador que se aparta, que ha encontrado una fábula que no entiende (a tale told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing?), pero cuyo desenlace pudiera intuir. Y uno se pregunta cómo alguien que desconfía tanto de la capacidad de las palabras es, sin embargo, tan apto en manipularlas para edificar este fascinante reino de invisibilidad.

Nota: Escrito originalmente para Ernesto’s Page, y publicado el 11 de diciembre del 2008.