miércoles, 18 de enero de 2012

CASA DE SOMBRAS (y otros poemas) / Alejandro Querejeta

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CASA DE SOMBRAS
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Sombras reinan en la casa,
entre ellas el frío sendero
y la Nada en su inasible final.
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Retrocedo, levanto temeroso
el leve y antiguo velo de Isis.
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Alguien extiende sus manos.
Trazo el signo del principio.
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Cierro los ojos, hay monedas
que desbordan su oquedad.
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EL TRUENO DEL AGUA
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Lenta la resina avanza
por el tronco del abeto.
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Entre los abetos el amanecer,
acaso sea el último.
Sus ramas como hilachas
de la torpe memoria.
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Verde con trozos de añil,
con algo de ocre tal vez,
entre el trueno de las aguas
………que caen al abismo.
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El abismo y la profunda
oscuridad de las rocas.
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Un pájaro, rojo el pecho,
esfera de plumas
que el viento mece
al alcance de mis manos.
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Alguien llama a lo lejos,
Alguien grita un nombre.
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El olor de la resina, el rojo
del plumaje, el trueno
del agua hacia lo desconocido.
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PREGUNTAS QUE REBOTAN
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…………………………Cuando se adentra más en el abismo
…………………………la piel le tiembla cual si fuesen clavos
…………………………las rápidas preguntas que rebotan.
………………………………José Lezama Lima
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l.
Sé que para ellos vengo de lejos,
sus ojos cual llamas festivas
me entregan toda su extrañeza.
De ternura cubren mis hombros.
La vida es explosión de júbilo.
Al fondo las paredes encaladas,
y yo en mi pétreo cuerpo fantasmal.
Son tres, y uno oculto en su rubor.
Mas hay un perfil, una línea,
un asomarse al borde de la foto.
Ellos son esta Isla en mi lejanía,
el dibujo definitivo de sus rostros.
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2.
Ella, ignorada, duerme y la sombra pasa.
Absorta viaja por su sueño detenido
en la cruel fugacidad de la sombra.
La sombra, la mancha de su sueño,
envuelta en un chal que el desdibujo oculta.
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En la pared, el temible ojo del siglo,
la vacía mesa de la transubstanciación.
Las doce sillas se agolpan en su mudez,
desorden en el fin y no en el principio,
revelación de una ausencia definitiva.
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Y así dormida sin sueño, en sueños vacíos,
y ella ahora desdibujada en su rapidez
cruza, abandonada por mí y por Dios,
la escena implacable de nuestra desolación.
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3.
Es la madre que busca el agua fresca.
Agua que oculta las paredes desconchadas,
que libera y hace caer las rejas dobles.
Es la madre afanosa en mitigar toda la sed,
la isla de paz de nuestro vasto mundo.
¿O es que se dispone, con el agua oculta,
a iniciar el antiguo y definitivo viaje?
La madre siempre esconde de mí su rostro,
no son para mí su sonrisa y su asombro,
sólo el agua y la sed encerradas en lo Oscuro,
en ese espacio implacable que la aprisiona.
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4.
Otra vez, al fondo, ella escapa por las puertas.
¿A dónde voy cuando deciden, de lejos, mirarme?
Ella en el vacío de la calle, en el umbral de su destino.
Estas son sus hijas que con firmeza la disimulan.
Ella dejando en el papel su ansiosa velocidad,
su reveladora mudez exploradora de la Nada.
Ah, estas sus hijas admirables que improvisan
en sus cuerpos una danzante y cómplice alegría,
que en su estática coreografía hacen de mí pasajera,
a quienes del otro lado me miran y nunca me verán.
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5.
Este que tengo delante es mi padre,
anchas sus manos y sus quimeras.
Mi padre en su sonrisa socarrona,
que aguarda pletórico de incredulidad.
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Adivino la impaciencia de su mujer,
las sonrisas frágiles de mis hermanas,
espera y esperanza apenas contenidas.
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Adivino esa voz tan lejana
que llegará por esos teléfonos mudos.
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Las ventanas oscuras como cortinas
en donde la luz viene a morir.
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¿Qué insisten en buscar en nosotros?
¿Cuándo saciarán su áspera curiosidad?
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6.
Tengo razones antiguas, soy un niño.
Alguien más, allá lejos, en la ventana,
también quiere conocer mis palabras.
No traiciones mi ilusión, guarda
en ti la sencillez de mis argumentos.
Ignoras el límpido azul del cielo,
que cubre la brevedad de mis días.
Como el hombre abrumado que pasa,
yo conocí el mundo en esta tierra.
Ha vivido, no le juzgues con dureza.
Es un hombre que va por estas calles,
con su pesado fardo de quimeras.
En verdad, he venido para que hablemos,
no olvides mi gesto, recuerda mi felicidad.
De ti sólo quiero la ancha mano extendida.
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7.
Aún no ha llegado, vive en su distracción,
vine a darte la crudeza de mi testimonio.
Vine de lejos por los senderos de la Isla,
vine cantando la alegría de la anunciación.
Ahí está mi bicicleta; acércate, atrévete
a desafiar los rudos vientos de octubre,
el sol inclaudicable que ciega y quema.
Si acaso ignoras el destino de los ángeles,
en la firmeza de mi voz ya se adivina.
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8.
Tratan de comprender el origen de la herida,
vienen a nosotros con una grande, fría,
lejana mirada de quien ya todo lo sabe.
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Calculan, determinan, se ladean un tanto.
Con sus afilados instrumentos de precisión,
finalmente nos clavan la aguja en el alma.
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Meten los dedos en nuestra herida antigua,
y lanzan al viento nuestra incapacidad.
Nosotros diremos cuándo cesarán de herir,
será en el punto más alto de la fiebre.
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9.
Nuestras manos casi se tocan en el vaso,
pero los ojos llevan demasiado extravío.
Viajero, éste tan simple es nuestro tesoro.
Este poco de agua, estas miradas displicentes.
Nadie ha venido hoy y tienes la suerte
de encontrarnos en torno a este vaso.
Viajero que fotografías nuestro desamparo,
piensa en el poco de amor que trae el agua.
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10.
Este es el terrible inició del viaje,
todos presienten el momento.
Aquí estos hombres en su destino,
y yo como ellos con ojos de asombro.
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Es nuestra doliente humanidad,
en un viaje al centro de la noche
o de un día interminable y aciago.
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Andar y desandar tantos caminos
de una secreta e impredecible historia.
Mis ojos se pierden en la lejanía,
me aferro al borde de la ventana,
reunidas todas las difíciles preguntas.
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¿Quién dispuesto a ceder el sitio?
¿Quién resignado a la espera?
He aquí nuestro estrecho carruaje,
en un inexorable viaje hacia la Nada.
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11.
La ternura no tiene ideología
en estos cachorros indefensos.
El soldado la sostiene, la pondera,
nosotros verificamos su fragilidad.
El soldado viene de su niñez,
nosotros aún le tenemos por nuestro.
Estamos en un vasto escenario
y la ternura se ubica en su centro.
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12.
Yo dejé el dolor en la música de mi gente.
Entre estos platillos, como en una balanza,
traigo una real, profunda y antigua alegría.
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Estoy entre la inocencia grande de los míos.
Todos nacimos en esta Isla que entre el mar
semeja un inmenso barco lento que canta.
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En esta balanza va lo imponderable de mí,
lo que en Dios nos asiste contra esto y aquello.
Sí, dejé el dolor perenne, y traje la esperanza.
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Quito, 1998.
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Alejandro Querejeta Barceló: (Holguín, Cuba, 1947). Licenciado en Letras, especialidad en Lengua y Literatura Hispánicas (Universidad Central, Santa Clara, Cuba). Es autor de las siguientes obras: Los términos de la tierra (La Habana, 1985), Arena negra (La Habana, 1989), Cuaderno griego (Holguín, 1991), Crónicas infieles (Holguín, 1992) [Artículos y ensayos], Cartas interrumpidas (Holguín, 1993). [Poesía] Álbum para Cuba (Quito, 1998) Poesía] y Círculo de dos (Holguín, 2006) [Poesía]. En colaboración con el arqueólogo José Manuel Guarch Delmonte, Mitología aborigen de Cuba. Deidades y personajes (La Habana, 1992), Los cemíes olvidados (La Habana, 1993). [Leyendas aruacas]. Textos suyos aparecen en numerosas antologías. Es actualmente profesor Universidad San Francisco de Quito y Subdirector del diario La Hora..
Cosme Proenza / Los dioses escuchan (2004) Dibujo sobre cartulina. 28.5” x 22”
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4 comentarios:

A. Fonseca dijo...

A Querejeta le debo mis primeros pasos por la poesia. A el le debo grandes lecturas. Gracias maestro.

Anónimo dijo...

Es simplemente conmovedor. Gracias
Elizabeth Q

EL SITIO DE LA LUZ dijo...

Heriberto, grata lectura de este poeta que también hace mucho no leía, buen regalo. Saludos
JC Recio

Anónimo dijo...

Siempre me gusto este poeta Holguinero. Una pena esta incomunicacion con autores que fueron muy importantes y hoy, lamentablemente, apenas se encuentran en las librerias. Gracias.